"El más perfecto de todos"
El problema con Mozart es que la gente escucha "niño prodigio" y deja de escuchar. Sí, estaba componiendo sinfonías a los 8 años. Pero el verdadero milagro es lo que pasó después: a los 35 había producido más música perfecta que nadie antes o después, en todos los géneros que tocó, aparentemente sin esfuerzo — aunque las cartas revelan que el esfuerzo era enorme.
Wolfgang Amadeus Mozart nació el 27 de enero de 1756 en Salzburgo, séptimo y último hijo sobreviviente de Leopold Mozart y Anna Maria Pertl. Leopold era violinista de la corte arzobispal, autor del tratado de violín más influyente del siglo XVIII, y un hombre que reconoció el talento de su hijo antes de que el niño supiera hablar con claridad. A los 3 años Wolfgang tocaba el clavicémbalo por imitación; a los 4 su padre ya le enseñaba piezas en serio; a los 6 Leopold había tomado la decisión que definiría las dos siguientes décadas de ambas vidas: el niño sería exhibido ante el mundo. Los giros por Europa comenzaron ese mismo año. Wolfgang y su hermana Nannerl —cuatro años mayor, también prodigio— tocaron para María Teresa en Viena, para Luis XV en Versalles, para Jorge III en Londres. En París, el pequeño le propuso matrimonio a Marie Antoinette, de su misma edad. En Londres conoció a Johann Christian Bach, el hijo menor de Johann Sebastian, cuyo estilo galante le marcó profundamente.
La adolescencia fue más complicada. Salzburgo era una ciudad pequeña bajo el gobierno del Arzobispo Colloredo, un hombre ilustrado pero frío que valoraba la música como adorno y no estaba dispuesto a pagar por el talento como si fuera algo irrepetible. Los años de 1773 a 1781 fueron de tensión creciente: Mozart componía óperas, serenatas y misas para la corte, pedía permiso para viajar en busca de mejores posiciones, y Colloredo se lo negaba o se lo concedía con desdén. El viaje de 1777-79 a Mannheim y París, donde su madre murió sin que él pudiera hacer nada, fue una experiencia formativa y devastadora. En Mannheim se enamoró de Aloysia Weber, cantante, que lo rechazó. Años después se casaría con la hermana menor de Aloysia, Constanze.
La ruptura definitiva con Colloredo llegó en 1781, con uno de los episodios más célebres y quizás más exagerados de la historia musical: el arzobispo, según la versión de Mozart en una carta a su padre, lo hizo expulsar literalmente de su presencia a puntapiés por el Conde Arco. La versión real probablemente fue menos física pero no menos humillante. Mozart se quedó en Viena, libre por primera vez en su vida. Se casó con Constanze Weber ese mismo año contra la voluntad de su padre, inició una carrera como músico independiente, y vivió durante un tiempo en el vértigo de quien finalmente puede elegir su trabajo.
Los años vieneses producirían las mejores obras de su vida: los grandes conciertos para piano, las tres óperas con Da Ponte — Le nozze di Figaro (1786), Don Giovanni (1787), Così fan tutte (1790) —, las últimas sinfonías, el Quinteto para clarinete. Pero la situación económica nunca fue estable: las deudas se acumularon, la moda cambiaba, los encargos no eran constantes. Su correspondencia con el comerciante Michael Puchberg, a quien pedía préstamos repetidamente con una dignidad conmovedora, muestra la otra cara de la leyenda. En 1791, su último año, fue nombrado Kapellmeister adjunto de la Catedral de San Esteban —un cargo modesto pero con perspectivas—, compuso La flauta mágica y comenzó un Réquiem encargado por un misterioso mensajero. Murió el 5 de diciembre de 1791, a los 35 años, con el Réquiem sin terminar. Fue enterrado en una fosa común, lo cual en Viena no era infamante sino práctica ordinaria para la clase media.
Constanze vivió hasta los 80 años y dedicó parte de su viudez larga a construir y gestionar la leyenda de su marido. Las cartas, la correspondencia con biógrafos, la edición de las primeras publicaciones póstumas: fue ella quien tomó un hombre muerto a los 35 y se aseguró de que el mundo no lo olvidara. En eso, al menos, tuvo éxito.
Mozart fue el primer gran compositor de la historia occidental en intentar vivir como músico independiente sin el respaldo estable de una corte o una iglesia —y casi lo logra. La Viena de los años 1780 bajo el Emperador José II era un laboratorio de ideas ilustradas: reformas administrativas, tolerancia religiosa relativa, y una vida cultural bulliciosa donde los burgueses educados y la nobleza menor se mezclaban en los salones, en las logias masónicas, en los conciertos de suscripción. Mozart se unió a la masonería en 1784, y las influencias de los ideales masónicos —fraternidad, sabiduría, la búsqueda de la luz— están impresas en La flauta mágica de una manera que sus contemporáneos más atentos no podían dejar de leer.
La relación con Salieri es una de las víctimas más lamentables de la ficción histórica. En la realidad, los dos compositores se conocían, se respetaban y colaboraron ocasionalmente. Salieri era el músico de corte más poderoso de Viena y tuvo en sus manos la carrera de Beethoven, Schubert y Liszt, a quienes enseñó con generosidad. La idea de que envenenó a Mozart o lo saboteó sistemáticamente es pura invención del siglo XIX tardío, amplificada por la obra de Pushkin y luego por la película de Milos Forman. Salieri era un rival, como lo eran varios otros en Viena, pero no un asesino.
Lo que sí existía era la competencia real del mercado: la nobleza vienesa tenía gustos cambiantes y Mozart descubrió que el público que lo aclamaba en 1784 prefería a otros en 1789. La libertad del músico independiente tenía un precio que no se pagaba en una sola cuota.
Las reformas josefinas crearon también un ambiente favorable a la ópera en alemán —el Singspiel— como alternativa a la dominación italiana del género. Die Entführung aus dem Serail (1782) y Die Zauberflöte (1791) son obras de ese contexto: teatro en la lengua del pueblo, con personajes del pueblo, con ideas del pueblo. Que esas obras contengan también algunas de las páginas más complejas que Mozart escribió es parte del misterio de su talento: podía ser universal y accesible al mismo tiempo sin falsificarse en ninguna de las dos direcciones.
El catálogo Köchel enumera más de 626 obras. Mozart no desperdiciaba géneros: lo que tocaba lo dejaba transformado. La lista siguiente es selectiva por necesidad; lo que queda fuera también vale la pena.
Después del estreno de Die Entführung aus dem Serail en 1782, el Emperador José II supuestamente comentó: «Demasiadas notas, mi querido Mozart». Y Mozart habría respondido: «Exactamente las necesarias, Majestad». El intercambio puede ser apócrifo —no hay fuente directa contemporánea que lo respalde— pero captura algo verdadero sobre la relación entre Mozart y el poder: el artista que sabe exactamente lo que vale y no está dispuesto a reducirse, frente a la autoridad que valora la comodidad por encima del genio. Que la anécdota se haya vuelto canónica dice algo sobre cómo la posteridad quiso que Mozart fuera.
Mozart dedicó sus seis cuartetos "Haydn" al compositor mayor con una carta en italiano que es uno de los documentos más conmovedores de la historia musical. Los llama «hijos», nacidos de un «trabajo largo y fatigoso», y los entrega a Haydn «como padre, guía y amigo». Haydn, al escucharlos en la velada del 15 de enero de 1785, se volvió hacia Leopold Mozart —que había viajado a Viena— y le dijo con toda seriedad que su hijo era el mayor compositor que conocía. Era el veredicto del único hombre en la sala que podía pronunciarlo con autoridad absoluta.
La obra de teatro de Beaumarchais en que se basa Le nozze di Figaro estaba prohibida en Viena: un sirviente que supera en astucia a su aristócrata señor era demasiado políticamente explosivo para el Ancien Régime. Mozart y Da Ponte encontraron el camino lateral: sometieron el libreto directamente al Emperador, sin pasar por los censores habituales, y el monarca ilustrado lo aprobó después de leerlo él mismo. El estreno del 1 de mayo de 1786 fue tal éxito que el Emperador tuvo que decretar que no se repitiera ningún número al final de cada acto porque la ópera habría durado el doble. Había números que el público quería escuchar tres veces.
En julio de 1791 llegó a la casa de Mozart un mensajero vestido de gris, sin identificarse, con una comisión para un réquiem y un sobre con dinero. Mozart aceptó. Meses después, enfermo y agotado entre la composición de La flauta mágica y las últimas obras, empezó a convencerse —probablemente en el delirio de la fiebre— de que el réquiem era para él mismo, que alguien le había enviado una señal de su propia muerte. El mensajero gris, el dinero anónimo, la obra sobre los muertos: todo encajaba en una narrativa que tenía más de fiebre que de realidad. El patrón resultó ser el Conde Franz von Walsegg-Stuppach, un aristócrata aficionado que acostumbraba encargar obras a otros y presentarlas como propias. Era absurdo. Pero Mozart no vivió para enterarse.
Mozart escribió a su prima Maria Anna Thekla Mozart —la "Bäsle"— una serie de cartas en los años 1777-78 que son objeto de perplejidad académica desde que se descubrieron. Son cartas genuinamente escatológicas: llenas de referencias corporales, de rimas vulgares, de juegos de palabras sobre flatulencias y excrementos, con una energía y un regocijo que no se parecen en nada al compositor de la leyenda. Los musicólogos no saben qué hacer con ellas. Lo más honesto es aceptar que Mozart tenía sentido del humor de adolescente tardío, que le gustaba reír con su prima de cosas que hoy siguen siendo graciosas en el mismo registro básico, y que la grandeza artística y la vulgaridad doméstica no se excluyen mutuamente. Si algo, hacen a Mozart más humano, no menos.
La influencia de Mozart es difícil de medir porque está en todas partes. No inventó géneros como Haydn ni los transformó radicalmente como Beethoven: los perfeccionó de una manera que hizo que todos los que vinieron después tuvieran que posicionarse respecto a esa perfección.
Con Mozart el problema no es encontrar algo extraordinario —todo lo es— sino saber cuándo la familiaridad deja de ser obstáculo y se convierte en profundidad. Esta lista está pensada para ir de lo más accesible a lo más revelador.