"El padre de la sinfonía"
Inventó la sinfonía tal como la conocemos, el cuarteto de cuerdas tal como lo conocemos, y la forma sonata en su madurez — y luego pasó 30 años perfeccionando esos inventos en el equivalente musical de un laboratorio, mientras el resto de Europa tomaba prestado sus resultados.
Joseph Haydn nació el 31 de marzo de 1732 en Rohrau, un pueblo pequeño de Austria, hijo de Mathias Haydn, carretero de oficio, y de Maria, cocinera en el castillo local. La familia era pobre pero musical: el padre tocaba el arpa de oído sin saber leer notas. Algo en el pequeño Joseph —una voz que cortaba el aire, un oído que no fallaba— llamó la atención de un pariente lejano, Johann Mathias Frankh, maestro de escuela en Hainburg. Se lo llevó a los 6 años. Las condiciones no eran cómodas; Haydn recordaría más tarde que pasó más hambre que hartazgo en esa casa, pero aprendió violín, clavicémbalo y a cantar con una disciplina que le duraría toda la vida.
A los 8 años fue reclutado como niño soprano para el coro de la Catedral de San Esteban en Viena. Durante casi una década vivió en la institución, cantó en ceremonias reales y funerales de Estado, y absorbió sin plan consciente una educación musical extraordinaria. Cuando su voz mudó —la tradición dice que el corte fue brusco y algo ignominioso, posiblemente facilitado por el director del coro para hacer necesaria la castración que Haydn rechazó— lo pusieron en la calle a los 17 años con poca ropa y sin dinero. Los años siguientes en Viena fueron de pobreza auténtica: lecciones de teclado a señoritas de buena familia, trabajo en ensambles callejeros, estudios en solitario de los tratados de contrapunto de Fux y las sonatas de C.P.E. Bach. Eran años de formación sin maestro que los guiara, lo cual resultó ser una fortuna disfrazada.
En 1760 se casó con Maria Anna Keller, hermana de la mujer a quien realmente amaba y que había tomado los hábitos. El matrimonio fue un desastre tranquilo: Maria Anna era fría, indiferente a la música, y según los biógrafos de la época usaba los manuscritos de su marido como papel para rizarse el cabello. Haydn no la amaba y ella no lo entendía. Convivieron mal durante décadas y él encontró el afecto genuino en otras partes, principalmente en Luigia Polzelli, cantante a su servicio, con quien mantuvo una relación larga y complicada.
Lo que transformó la vida de Haydn fue el contrato con la familia Esterházy en 1761. Primero en Eisenstadt, y luego en el inmenso palacio de Eszterháza —construido por el Príncipe Nikolaus en los pantanos de Hungría, tan remoto que sus músicos lo llamaban en secreto su exilio—, Haydn fue el Kapellmeister responsable de una orquesta, una compañía de ópera y un teatro de marionetas. El contrato lo obligaba a componer lo que se le pidiera, a vestir librea como cualquier sirviente, y a no publicar ni vender sus obras sin permiso. A cambio tenía músicos excelentes, tiempo para experimentar y la seguridad que nunca había conocido. El aislamiento, dijo décadas después, lo forzó a ser original: no había nadie a quien imitar, ninguna moda que seguir, ningún crítico que satisfacer.
Cuando el Príncipe Nikolaus murió en 1790, Haydn tenía 58 años y era el compositor más famoso de Europa, aunque buena parte de esa fama la había construido en el olvido de Eszterháza. El nuevo príncipe disolvió la orquesta y le ofreció una pensión completa con libertad total. El empresario londinense Johann Peter Salomon lo recogió prácticamente en el umbral y lo llevó a Inglaterra. Los dos viajes a Londres —1791-92 y 1794-95— fueron el mayor triunfo de su vida: multitudes, cenas con el Príncipe de Gales, un doctorado honoris causa de Oxford, y las doce Sinfonías de Londres compuestas para esas visitas. Regresó a Viena transformado. Sus últimas obras, La Creación (1798) y Las Estaciones (1801), son la culminación de todo lo aprendido. Murió el 31 de mayo de 1809, mientras las tropas de Napoleón bombardeaban Viena. Tenía 77 años y estaba en paz.
La corte Esterházy no era una prisión dorada: era un microcosmos musical sin igual en Europa. El Príncipe Nikolaus era un melómano apasionado y exigente que tocaba el barítono —un instrumento de cuerda frotada con resonadores, hoy prácticamente desaparecido— con suficiente competencia como para que Haydn le compusiera más de 175 obras para ese instrumento específico. La demanda era constante: óperas nuevas para el teatro principal, música para los títeres, serenatas para las cenas, sinfonías para los conciertos nocturnos. Esta presión productiva que a otro compositor hubiera aplastado, en Haydn generó la velocidad y la seguridad de quien no tiene tiempo de dudar. En Eszterháza se fabricaba música como se fabrican los objetos en un taller: con artesanía, con orgullo, sin pretensiones filosóficas. Y de esa fábrica salieron algunas de las obras más importantes del siglo XVIII.
El contexto histórico más amplio era el del Estilo Clásico emergiendo del Barroco. La generación de Haydn heredó la complejidad contrapuntística de Bach y Handel pero también la reacción contra ella: el movimiento Empfindsamer Stil (estilo sensitivo) de C.P.E. Bach, que buscaba una música más directa, más conversacional, más ligada al habla y al gesto humanos. Haydn absorbió ambas tradiciones y las fusionó en algo nuevo: una música que podía ser seria y juguetona al mismo tiempo, que podía sorprender sin abandonar la lógica, que podía emocionar sin sentimentalismo. El Clasicismo no es un estilo frío: es un estilo que sabe cuándo reír y cuándo callarse.
La amistad con Mozart, que comenzó alrededor de 1781 cuando Haydn visitaba Viena con regularidad, es uno de los vínculos más hermosos y más mutuamente beneficiosos de la historia de la música. No fue una relación de maestro y discípulo: fue de igual a igual, con una admiración recíproca documentada en palabras que no suelen usarse entre compositores vivos. Haydn aprendió de la densidad armónica y la riqueza expresiva de Mozart; Mozart aprendió de la claridad de estructura y el humor absoluto de Haydn. Los cuartetos que Mozart dedicó al maestro llevan esa deuda inscrita en cada página.
«El aislamiento de Eszterháza me forzó a ser original. No había nadie cerca de mí, nadie a quien confundir ni copiar. Tuve que ser yo mismo.» — Haydn, en sus memorias dictadas a Griesinger
Londres representó algo cualitativamente diferente: el primer mercado musical verdaderamente público del mundo. Los conciertos de Salomon en la Hanover Square Room no dependían del capricho de un aristócrata; dependían de la voluntad de un público que pagaba su entrada y tenía criterio propio. Haydn —que había compuesto toda su vida para una familia, para una corte, para un cliente— descubrió en Londres que podía componer para el mundo. Las Sinfonías de Londres son obras escritas para una audiencia diversa, hambrienta de novedad y capaz de apreciar tanto la complejidad técnica como el golpe de efecto más simple. El segundo movimiento de la Sinfonía Sorpresa, con su martillazo inesperado, es Haydn riendo con mil personas al mismo tiempo.
El catálogo de Haydn es uno de los más extensos de la historia de la música occidental, no por descuido sino por vocación. Cada obra tenía una función, un destinatario, una ocasión. Y en esa variedad de contextos fue construyendo, ladrillo a ladrillo, el edificio de formas que sus sucesores habitarían durante dos siglos.
Era el otoño de 1772 y el Príncipe Nikolaus llevaba meses sin regresar de Eszterháza a Eisenstadt. Los músicos de la orquesta estaban desesperados: sus familias vivían en la ciudad y el príncipe parecía no notar que sus sirvientes también tenían hijos y esposas que esperaban. Haydn escribió la Sinfonía n.º 45 en fa sostenido menor con una instrucción cuidadosamente calculada en el último movimiento: los músicos debían ir apagando sus velas y abandonando el escenario uno por uno, hasta que solo quedaran dos violines tocando pianísimo en la penumbra. El Príncipe Nikolaus asistió al concierto. Entendió el mensaje sin que nadie lo verbalizara. Al día siguiente ordenó regresar a Eisenstadt. Haydn nunca explicó si era un gesto de desesperación o de humor. Probablemente era ambos.
Leopold Mozart visitó Viena en 1785 y asistió a una velada en la que se tocaron los nuevos cuartetos que su hijo Wolfgang había dedicado al maestro Haydn. Al terminar, Haydn se acercó a Leopold y le dijo con una seriedad que los presentes recordarían décadas después: «Ante Dios y como hombre honesto le digo que su hijo es el mayor compositor que conozco, ya sea en persona o de nombre. Tiene gusto, y además el conocimiento más profundo de la composición.» Leopold, que no era hombre dado a las lágrimas, se conmovió visiblemente. Era el veredicto de quien mejor podía saber.
Cuando Haydn llegó a Londres en enero de 1791, tenía 58 años y nunca había salido de los territorios del Imperio Austríaco. Lo que encontró lo dejó atónito: era genuinamente famoso, reconocible en las calles, invitado a cenas con el Príncipe de Gales, festejado en los periódicos. Cuando escuchó su propia Sinfonía Sorpresa ejecutada por la orquesta más grande que jamás había dirigido, ante un público de más de mil personas, rompió a llorar. Le preguntaron después si la reacción del público —el estallido de risas ante el martillazo del segundo movimiento, los aplausos que no terminaban— lo había sorprendido. «Un poco», dijo con su ironía característica. «Pero calculé que funcionaría.»
En mayo de 1809, las tropas napoleónicas bombardearon Viena. Haydn tenía 77 años, estaba enfermo, apenas podía moverse de su sillón. El cañoneo sacudía las ventanas de su casa en Gumpendorf. Sus sirvientes estaban aterrorizados. Haydn, según relata uno de ellos, los llamó a su alrededor, fue al piano con dificultad —alguien lo ayudó a sentarse—, y tocó el himno imperial austríaco que él mismo había compuesto años atrás. Lo tocó tres veces, con una deliberación solemne que nadie en la habitación olvidaría. «No tengan miedo», dijo. «No puede pasarle nada malo a Haydn donde está Haydn.» Murió cinco días después, el 31 de mayo.
Su último oratorio, Las Estaciones, lo agotó de una manera que La Creación no había logrado. Era una obra de escala inmensa, llena de efectos descriptivos —el croar de las ranas, el zumbido de los insectos, la tormenta de verano— que Haydn compuso obedientemente pero que encontraba algo vulgares. «Esta galomanía me perderá al final», le escribió a un amigo, refiriéndose a la moda francesa de la música descriptiva. Tenía razón en un sentido literal: después de Las Estaciones, ya no compuso nada sustancial. Su mente seguía activa, sus amigos decían que aún cantaba melodías en la cama, pero el cuerpo no podía seguir. Se despidió de la composición sin haberlo planeado, que es quizás la única manera honesta de hacerlo.
Decir que Haydn "inventó" la sinfonía y el cuarteto es una simplificación conveniente que oculta algo más interesante: no los inventó desde cero, sino que tomó formas embrionarias que existían y les dio la estructura, la lógica y las proporciones que las hicieron capaces de soportar todo lo que vino después. Beethoven, Brahms, Mahler, Shostakovich: todos están parados sobre los cimientos que Haydn construyó.
Haydn es, de los grandes clásicos, el más injustamente subestimado. La etiqueta de "padre de la sinfonía" lo convierte en una figura histórica cuando debería ser un placer presente. Esta lista empieza por donde es más fácil entrar y termina donde la profundidad es mayor.