"El titán"
No solo expandió la música: cambió la idea de lo que la música era. Antes de Beethoven, la música servía. Después de él, la música expresaba. El compositor dejó de ser un artesano que producía objetos bellos bajo encargo y se convirtió en una voz que exigía ser escuchada.
Ludwig van Beethoven fue bautizado el 17 de diciembre de 1770 en Bonn —la fecha exacta de nacimiento no se registró, como era costumbre—, segundo hijo sobreviviente de Johann van Beethoven, tenor en la corte electoral, y de Maria Magdalena Keverich. Su abuelo paterno, también Ludwig, había sido el Kapellmeister de la corte de Bonn —un hombre respetado, competente, de carácter sólido— y el nieto lo idealizó toda su vida como el modelo de lo que un músico podía y debía ser. El padre, en cambio, era alcohólico y ambicioso: cuando vio el talento del hijo, intentó repetir la fórmula del éxito mozartiano, mintiendo sobre la edad del niño para hacerlo parecer más prodigio. Ludwig tenía diez años y lo presentaban como si tuviera seis. Era una mentira que generó confusión sobre su año de nacimiento durante décadas.
Bonn era una ciudad pequeña con una corte musical activa y un ambiente intelectual inusualmente rico para su tamaño: el elector Maximilian Franz, hermano del Emperador José II, era ilustrado y generoso con los músicos. Beethoven creció rodeado de buenas ideas y poca música de primer nivel; cuando el violinista y compositor Neefe se convirtió en su maestro, la formación se volvió seria. Neefe lo introdujo en el contrapunto de Bach y en las obras de C.P.E. Bach, le enseñó a pensar sistemáticamente sobre la música. A los 17 años Beethoven hizo un viaje breve a Viena y tocó para Mozart, quien supuestamente quedó impresionado pero no dejó ningún comentario verificable. Regresó a Bonn cuando su madre enfermó y murió.
La mudanza definitiva a Viena ocurrió en 1792, gracias al apoyo financiero del Elector y la recomendación de Haydn, quien lo había escuchado en Bonn y le ofreció enseñanza. La relación con Haydn fue tensa y productiva: Beethoven consideraba que el maestro no corregía sus contrapuntos con suficiente rigor, y estudió en secreto también con Schenk y Albrechtsberger. La deuda con Haydn fue real pero nunca reconocida con suficiente gratitud en vida. Lo que sí fue inmediato y masivo en Viena fue su reputación como pianista: improvisaba con una libertad y una intensidad físicas que nadie había visto antes. Tocaba con tal fuerza que rompía cuerdas regularmente y dejaba a los fabricantes de pianos con material de publicidad gratuito.
La sordera comenzó alrededor de 1796-98: primero un zumbido constante, luego la pérdida progresiva de los agudos, después el silencio creciente. Para un pianista virtuoso —para cualquier músico— la noticia era devastadora. Beethoven la ocultó con un cuidado obsesivo durante años, evitando situaciones donde la sordera fuera evidente, cambiando de tema cuando no podía escuchar bien. En octubre de 1802 escribió el Testamento de Heiligenstadt: una carta privada dirigida a sus dos hermanos, nunca enviada, encontrada entre sus papeles después de su muerte. En ella habla sin reservas de la desesperación, del aislamiento, de haber contemplado el suicidio, y de la única razón por la que siguió: el arte. «Solo él me retuvo. Me pareció imposible dejar el mundo antes de haber producido todo lo que sentía que estaba dentro de mí.»
Nunca se casó, aunque se enamoró en repetidas ocasiones —de mujeres que generalmente estaban o estarían casadas con otros. La "Amada Inmortal", destinataria de una carta apasionada escrita en julio de 1812 y nunca enviada, probablemente fue Antonie Brentano, esposa de un comerciante de Frankfurt. La batalla legal por la custodia de su sobrino Karl —que duró años, fue brutal, y terminó con Karl intentando suicidarse en 1826— es la parte más oscura y más humanamente comprensible de su historia: un hombre que quería dar amor, sin saber cómo hacerlo sin asfixiar al destinatario. Murió el 26 de marzo de 1827 en Viena, completamente sordo, con 57 años. Se dice que al morir, un relámpago cruzó el cielo sobre la ciudad. Es una leyenda, pero ningún otro compositor merece una leyenda tan bien.
Beethoven vivió en el epicentro de la mayor convulsión política de la historia moderna europea hasta entonces. Nació en el año del estreno de la Ifigenia en Táuride de Gluck; murió el año en que los últimos vapores de la Restauración cubrían el continente después de Waterloo. En ese arco vio la Revolución Francesa, el ascenso de Napoleón, las guerras napoleónicas que atravesaron Viena dos veces, el Congreso de Viena de 1814-15 que trató de recomponer el orden del Ancien Régime, y la represión política de Metternich que siguió. No era un hombre indiferente a la política: era hijo de la Ilustración, lector de Kant y Schiller, creyente en los ideales de libertad e igualdad que la Revolución había proclamado antes de devorarlos.
La Sinfonía Heroica (1803-04) es el documento musical más directo de esa relación. Beethoven la concibió como homenaje a Napoleón Bonaparte, a quien consideraba el héroe de la libertad republicana. Escribió "Buonaparte" en la página del título. Cuando llegó la noticia de que Napoleón se había coronado a sí mismo Emperador —traicionando, según Beethoven, todo lo que representaba—, arrancó la página con tanta violencia que dejó un agujero en la copia. Renombró la obra: simplemente Eroica, compuesta para celebrar el recuerdo de un gran hombre. Es uno de los gestos más reveladores de su carácter: el héroe que esperaba, que necesitaba, que Napoleón fuera, y la furia ante la traición.
El Congreso de Viena de 1814 convirtió a Beethoven en monumento cultural: los diplomáticos que reorganizaban Europa iban a sus conciertos. Él tocó el piano para zares y reyes, fue el símbolo viviente de la grandeza alemana. Era una ironía que habría apreciado: el hombre que arrancó la dedicatoria a Napoleón, festejado por sus enemigos.
El Romanticismo usó a Beethoven —o más bien, usó la idea de Beethoven— para construir el concepto del compositor como genio solitario en guerra con el mundo. E.T.A. Hoffmann escribió sobre la Quinta Sinfonía en términos que establecieron el lenguaje crítico musical para el siglo siguiente: la música como revelación de lo infinito, el artista como visionario más allá de las normas humanas. Beethoven leyó esa crítica y la encontró acertada. No le desagradaba verse en ese espejo. Pero la verdad era más complicada: era difícil, sí, y exigente, y podía ser cruel con sus amigos —pero también tenía humor, le gustaban los juegos de palabras, pedía prestado dinero con la misma dignidad improbable que Mozart, y le importaban profundamente las personas, aunque no siempre lo supiera demostrar.
La división de la obra de Beethoven en tres períodos es una simplificación pedagógica que tiene la virtud de ser parcialmente verdadera. El período temprano (hasta ~1802) asimila y expande a Haydn y Mozart. El período medio o heroico (~1803-1814) produce las obras más ampliamente conocidas. El período tardío (~1817-1827), compuesto enteramente en la sordera total, es el más original y el que la posteridad tardaría más en comprender.
La historia de la página de título arrancada es una de las más citadas de la historia musical, y también una de las más verificadas: el manuscrito de la sinfonía tiene un agujero donde estuvo el nombre de Bonaparte, y el testimonio de Ferdinand Ries —discípulo de Beethoven que estuvo presente— es detallado y coherente. Beethoven supuestamente dijo: «¿Conque también él no es más que un hombre ordinario? Ahora pisoteará también todos los derechos humanos para satisfacer su ambición.» La anécdota revela algo esencial sobre Beethoven: necesitaba héroes, y cuando estos le fallaban, la decepción era proporcional a la grandeza que había proyectado sobre ellos. Toda su vida buscó ese Prometeo que la Eroica describe, y que ningún hombre real podía encarnar completamente.
Escrito en octubre de 1802 en el pueblo donde se había retirado a descansar y a enfrentar la realidad de la sordera, el Testamento es uno de los documentos más extraordinarios que haya escrito un músico. No es un documento legal: es una carta a sus hermanos que nunca enviaron porque nunca la enviaron —él la guardó entre sus papeles más íntimos. Cuenta el aislamiento, la vergüenza de que otros lo vieran incapaz de escuchar, el deseo de suicidarse cuando alguien le hablaba del canto de un pastor que él no podía percibir. Y cuenta la resolución: el arte lo retuvo. La palabra que usa es "zurückgehalten" — detenido, retenido, como si el arte fuera una mano que lo tomó del brazo en el borde del precipicio. El Testamento se descubrió entre sus papeles después de su muerte. Nadie lo había leído antes.
El 7 de mayo de 1824, en el Kärntnertortheater de Viena, se estrenó la Sinfonía n.º 9. Beethoven estaba en el escenario, de espaldas al público, marcando el tiempo junto al director real Michael Umlauf —porque estaba completamente sordo y no habría podido dirigir solo sin desincronizarse de la orquesta. Cuando terminó el último acorde y el público estalló en aplausos, gritos y sombreros lanzados al aire, Beethoven no escuchó nada. La contralto Caroline Unger le tomó del brazo y lo giró hacia la sala. Lo que vio —las bocas abiertas, los brazos en el aire, la emoción colectiva de miles de personas— lo hizo llorar. Hay cinco momentos en la historia de la música en que puedes imaginar con exactitud lo que sintió el compositor. Ese es uno de ellos.
Beethoven tocaba con una fuerza física que los instrumentos de su época no estaban diseñados para soportar. Las cuerdas se rompían regularmente; los apagadores fallaban; la estructura completa se resentía. Los fabricantes de pianos —Érard, Broadwood, Graf— le enviaban instrumentos nuevos como gesto de publicidad implícita: «Beethoven toca nuestros pianos» era un anuncio que valía cualquier costo. Él los recibía, los tocaba durante días o semanas, los dejaba en un estado deplorable, y seguía. A medida que la sordera avanzó, quitó las patas del piano y lo puso directamente en el suelo para sentir las vibraciones en el cuerpo. Varios de sus últimos cuadernos de conversación —donde sus visitantes escribían las preguntas que él no podía escuchar— incluyen notas sobre la textura de sonido que buscaba, que ya no podía verificar con los oídos sino solo con la memoria y la imaginación.
Desde alrededor de 1818, cuando la sordera era ya total para la conversación ordinaria, sus visitantes escribían en pequeños cuadernos sus preguntas y comentarios. Beethoven respondía en voz alta. Sobreviven más de 130 de estos cuadernos, que sus amigos y sus biógrafos han analizado en detalle. Lo que revelan es desconcertante para la leyenda del titán aislado: un hombre que preguntaba por el precio del vino, que hacía chistes sobre sus sirvientas, que leía los periódicos con avidez y opinaba sobre política con entusiasmo, que se preocupaba por su sobrino con una intensidad que rozaba la obsesión. Era completamente humano, en el sentido más concreto e imperfecto de esa palabra.
Beethoven no solo expandió las formas heredadas: redefinió el propósito de la música. Antes de él, el debate era estético —qué formas son las más bellas, qué géneros son los más nobles. Después de él, el debate es existencial: qué tiene la música que decir sobre la condición humana.
Con Beethoven el peligro no es el acceso sino la familiaridad: la Quinta y la Novena son tan conocidas que resulta difícil escucharlas de verdad. Esta lista está diseñada para sortear ese obstáculo y llegar a lo que de verdad importa.