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Compositores · Romanticismo

Franz
Schubert

1797 — 1828

"El poeta de la melodía"

Vivió 31 años y escribió más música de la que la mayoría de los compositores logran en 80. Pero más asombrosa que la cantidad es la calidad: parte de la música más buscadora, original y emocionalmente verdadera del canon occidental — escrita casi toda en sus veintes, casi toda para su círculo de amigos, casi toda nunca escuchada en público hasta después de su muerte.

El hombre que
compuso para sus amigos

Franz Peter Schubert nació el 31 de enero de 1797 en Himmelpfortgrund, un suburbio de Viena que hoy forma parte del distrito 9, decimotercer hijo de Franz Theodor Schubert —maestro de escuela, violinista aficionado— y de Elisabeth Vietz, quien moriría cuando Franz tenía 15 años. La familia era pobre, numerosa y musical: el padre tocaba el violonchelo, los hermanos tocaban, y los domingos se reunían para cuartetos domésticos donde el menor pronto superó a todos los demás. Tomó sus primeras lecciones formales del hermano mayor Ignaz y luego del coro de la parroquia local. A los 11 años ganó una beca para el Stadtkonvikt —el internado que proveía coristas para la capilla imperial— donde recibió educación musical de calidad, leyó a Goethe, Schiller y los clásicos alemanes, y comenzó a componer con una velocidad que desconcertaba a sus maestros.

La crisis llegó al salir del Stadtkonvikt, cuando su voz mudó: el sistema esperaba que se convirtiera en maestro de escuela como su padre. Durante tres años (1814-1817) Schubert enseñó en la escuela de su padre, miserable en el oficio, componiendo en cualquier momento libre. En ese período escribió las primeras obras maestras: la Misa en fa mayor, la sinfonía n.º 1, y en un solo año —1815— más de 140 canciones, incluyendo "Erlkönig", "Gretchen am Spinnrade" y "Der Wanderer". La productividad era literalmente sobrehumana: hay testimonios de que componía sin detenerse entre el desayuno y la noche, que los papeles con bocetos cubrían su pequeño cuarto en capas, que rara vez borraba porque rara vez se equivocaba.

En 1817 rechazó el nombramiento permanente como maestro y se lanzó a una vida precaria pero libre, dependiendo de la generosidad de su círculo de amigos —el poeta Johann Mayrhofer, el abogado Josef von Spaun, el artista Moritz von Schwind, el escritor Franz von Schober, entre otros. Estos jóvenes intelectuales y artistas vieneses formaban el núcleo de las Schubertiades: veladas privadas en apartamentos donde Schubert tocaba al piano y cantaba sus nuevas canciones, acompañado a veces por el barítono Johann Michael Vogl. Eran eventos que no existían en el mapa del mundo musical oficial —sin teatro, sin academia, sin nobleza como público— pero que definieron una forma de cultura íntima que resonaría en el siglo siguiente.

En 1822 contrajo sífilis. Las consecuencias fueron devastadoras y progresivas: el tratamiento con mercurio causó pérdida de cabello, erupciones cutáneas, y períodos de postración que alternaban con momentos de relativa salud. Schubert nunca habló públicamente de la enfermedad, que en su época era estigmatizante hasta el límite de lo insoportable. Sus amigos la conocían y guardaban silencio. El impacto en su música es difícil de medir con exactitud pero imposible de ignorar: el "Wanderer" Fantasy, el ciclo Die schöne Müllerin y eventualmente Winterreise traen consigo una conciencia de la muerte y del fracaso que no puede ser solo literaria.

Sus últimos años fueron de una productividad que desafía la explicación biológica. En 1827 compuso Winterreise; en 1828, el Quinteto en do, la Sonata para piano en si bemol, las últimas canciones del Schwanengesang. También asistió, en marzo de ese año, a la que fue su única visita pública al dormitorio de Beethoven —moribundo— y al entierro del compositor que había dominado la vida musical de Viena durante tres décadas. Schubert murió el 19 de noviembre de 1828 de fiebre tifoidea, a los 31 años. Fue enterrado, como él había pedido, cerca de Beethoven. En 1888, ambos serían trasladados al Zentralfriedhof de Viena, donde descansan juntos en la sección de Tumbas de Honor.

La Viena Biedermeier
y la cultura que se refugia adentro

La Viena de Schubert era una ciudad en la que la política pública estaba prohibida. El ministro Metternich, que gobernó el Imperio Austríaco desde el Congreso de Viena de 1815 hasta la revolución de 1848, construyó un sistema de censura y represión política que empujó a la intelectualidad vienesa hacia adentro —hacia los salones privados, hacia la familia, hacia las artes domésticas. El estilo Biedermeier —la estética del período— celebra exactamente eso: la domesticidad, la comodidad del hogar, el placer privado frente al espectáculo público. Las Schubertiades son Biedermeier en su forma más elevada: cultura como refugio íntimo, arte como conversación entre amigos.

Esta condición tuvo consecuencias directas sobre la obra de Schubert. Sus géneros principales —el lied, la música de cámara, las danzas para piano— son géneros de interior, géneros que no necesitan una sala de conciertos para existir. La escala de sus obras más grandes no es la escala de la sinfonía beethoveniana que llena una sala de 2.000 personas con la fuerza de una voluntad; es la escala del círculo íntimo, de la habitación iluminada con velas donde quince personas escuchan a alguien cantando sus miedos más privados en forma de canción. Esa diferencia de escala no es un defecto: es una elección que anticipa toda la música de cámara y toda la canción de arte del siglo XIX.

La fama póstuma de Schubert es una paradoja histórica: sus obras más importantes —la Sinfonía "La Grande", el Quinteto en do, Winterreise— no fueron publicadas ni tocadas en concierto hasta décadas después de su muerte. Era el compositor más original de su generación, y Viena lo descubrió cuando ya no estaba.

La música de Schubert llegó al público más amplio en oleadas espaciadas por décadas. Schumann "descubrió" la Sinfonía n.º 9 en casa de Ferdinand Schubert, el hermano, en 1838 —diez años después de la muerte del compositor— y organizó su estreno con Mendelssohn en Leipzig. La Sinfonía "Inacabada" fue estrenada en 1865, 37 años después de haber sido escrita. El Quinteto en do no fue publicado hasta 1853. Esta demora no fue simplemente negligencia: fue la consecuencia de un mercado musical que no sabía cómo categorizar a alguien que no encajaba en ninguno de sus moldes establecidos. No era un compositor de ópera, no era un virtuoso público, no era un académico con posición institucional. Era un amigo que tocaba el piano en los departamentos de sus amigos.

Seiscientas canciones
y mucho más

El catálogo Deutsch enumera más de 900 obras. La mayor parte son canciones —más de 600— pero el resto incluye sinfonías, cuartetos, quintetos, sonatas, misas e incluso óperas que casi nadie toca. La calidad es consistente de una manera que solo tiene sentido si se acepta que Schubert vivía en un estado de flujo creativo que la enfermedad, la pobreza y la incertidumbre no lograron interrumpir del todo.

Lieder y ciclos de canciones
Winterreise, D. 911 (1827)
Veinticuatro canciones sobre poemas de Wilhelm Müller. Un hombre que camina en invierno, alejándose de la ciudad y de la mujer que lo rechazó, hacia ningún lugar. El ciclo es el retrato interior más sostenido del fracaso, el frío y la soledad que la música occidental ha producido. "Der Leiermann" —la última canción, el organillero tocando solo en el hielo— es devastadora en su sencillez.
Die schöne Müllerin, D. 795 (1823)
Veinte canciones sobre el molinero joven que se enamora de la hija del molino, que prefiere a otro. El arroyo acompaña cada canción como un personaje más. El ciclo va de la esperanza a la desesperación con una lógica emocional que no se puede discutir. "Der Müller und der Bach" —el molinero habla con el arroyo antes de morir— es la canción más desgarradora del conjunto.
Canciones sueltas esenciales
"Erlkönig" (D. 328): cuatro personajes, un caballo galopante, la muerte. "Gretchen am Spinnrade" (D. 118): una sola mujer, una rueda de hilar, y el recuerdo de un beso. "Der Wanderer" (D. 489): el exilio interior. "Ganymed" (D. 544): el éxtasis del amor divino. "Der Tod und das Mädchen" (D. 531): la muerte como consolador.
Sinfonías
Sinfonía n.º 8 en si menor "Inacabada", D. 759 (1822)
Dos movimientos. El primero abre con un tema de chelos y contrabajos que suena como si viniera de debajo de la tierra. El segundo, un andante en mi mayor, es de una serenidad que contrasta con la angustia del primero de una manera que ningún finale podría resolver. ¿Por qué no la terminó? El misterio es parte de la obra.
Sinfonía n.º 9 en do mayor "La Grande", D. 944 (1825-26)
Las llamadas de trompa en el primer movimiento son uno de los saludos más memorables de todo el repertorio sinfónico. Schumann, al descubrirla, habló de su "celestial longitud" —una duración que no es exceso sino necesidad. El finale es una máquina rítmica que no cede. La obra más ambiciosa que Schubert escribió para orquesta.
Música de cámara
Quinteto en do mayor para cuerdas, D. 956 (1828)
Su obra de cámara más perfecta y la más grande de su catálogo. Cuatro movimientos. El segundo —Adagio— es el movimiento más profundo de toda su producción camerística: comienza en mi mayor con una quietud casi irreal, luego se quiebra en una sección central de una agitación oscura, y regresa a la quietud como si hubiera pasado por algo que no puede nombrarse. Publicado 25 años después de su muerte.
Cuarteto n.º 14 en re menor "La Muerte y la Doncella", D. 810 (1824)
El segundo movimiento es un conjunto de variaciones sobre su propia canción "Der Tod und das Mädchen". La melodía —que en la canción la muerte canta como consoladora— aquí se transforma en algo más ambiguo: no es consuelo, es presencia. El cuarteto completo tiene una urgencia que ninguno de sus otros cuartetos alcanza.
Quinteto "La Trucha" en la mayor, D. 667 (1819)
Para piano, violín, viola, chelo y contrabajo —una combinación inusual. El cuarto movimiento es un tema con variaciones sobre su propia canción "Die Forelle" (La Trucha). Es la obra más luminosa y más despreocupada de su catálogo camerístico: Schubert en verano, antes de la enfermedad.
Piano solo
Sonata en si♭ mayor, D. 960 (1828)
La última y la más grande de sus sonatas. El primer movimiento tiene un trino en el registro grave —una nota sostenida en pianísimo bajo la melodía— que aparece como si viniera de otro mundo. Las proporciones son descomunales: un movimiento de apertura que dura más de veinte minutos. Schubert nunca la escuchó en concierto.
Impromptus op. 90, D. 899
Cuatro piezas breves que resumen el universo schubertiano para piano: el n.º 1 en do menor, oscuro y urgente; el n.º 2 en mi♭ mayor, un perpetuum mobile de triplets; el n.º 3 en sol♭ mayor, la melodía de imposible belleza que parece no tener principio ni fin; el n.º 4 en la♭ mayor, con sus modulaciones que cambian el color sin previo aviso.
Fantasía "Wanderer", D. 760 (1822)
Su obra pianística más virtuosística y más formal: cuatro movimientos conectados que comparten un motivo rítmico tomado de su canción "Der Wanderer". El segundo movimiento es un tema con variaciones de una gravedad poco usual en su piano. Liszt la transcribió para piano y orquesta —el homenaje más elocuente que un virtuoso podía ofrecer.

El hombre que
dormía con los lentes puestos

Las Schubertiades

Las veladas musicales que organizaba el círculo de Schubert —en los apartamentos de Schober, de Spaun, del barón von Schönstein— eran eventos que no existían en el calendario oficial de la vida cultural vienesa. No había programa impreso, no había reseñas en los periódicos, no había nobleza patrocinadora. Había un pianista redondo con anteojos, ligeramente torpe en los gestos sociales, que tocaba durante horas mientras sus amigos escuchaban, bebían vino y conversaban. A veces se bailaban los "Deutsche Tänze" que Schubert improvisaba al final de la noche. A veces el barítono Vogl cantaba lieder con él al piano. Moritz von Schwind pintó una de esas veladas en un acuarela famosa: Schubert al piano, todos sentados en semicírculo, la habitación pequeña y cálida. Una cultura de la intimidad que no necesitaba más espacio que ese.

Los lentes y la melodía

Franz Schubert era extraordinariamente miope y usaba sus anteojos constantemente, incluso para dormir. Un amigo —posiblemente Schober, o quizás Spaun, los relatos varían— contó que una mañana le preguntó por qué dormía con los lentes puestos. Schubert respondió, sin levantar la vista del papel que tenía delante: «Para que cuando despierte y venga una buena melodía, pueda escribirla de inmediato.» La anécdota puede ser apócrifa pero es perfectamente consistente con lo que sabemos de él: que la composición era un estado de atención perpetua, que las melodías llegaban con la misma regularidad con que llegan los sueños, y que el único riesgo era no estar listo para atraparlas.

El estreno de Winterreise

En el otoño de 1827, Schubert reunió a sus amigos más cercanos y les cantó las primeras doce canciones de lo que se convertiría en Winterreise. La reacción fue de desconcierto y algo parecido al desasosiego. Estas canciones eran mucho más oscuras que todo lo que había escrito antes: no había consuelo, no había resolución, el protagonista caminaba hacia ninguna parte y llegaba al final del ciclo más solo que al principio. Spaun recordaría más tarde que el ambiente fue sombrío. Schubert, según el mismo relato, les dijo: «Estas canciones me han afectado más que ninguna de mis otras series de canciones.» Tenía razón. Escribió la segunda parte —con las doce canciones restantes— ese mismo año, con la misma economía devastadora.

La Sinfonía Inacabada y el misterio del tercer movimiento

En octubre de 1822 Schubert envió los dos primeros movimientos de su Sinfonía en si menor a la Sociedad de Música de Graz, que le había otorgado una membresía honoraria. La partitura llegó a Graz, se guardó, y nadie la tocó hasta 1865 —43 años después. Los bocetos del tercer movimiento (un scherzo) existen y fueron publicados después: nueve compases orquestados, el resto en borrador para piano. ¿Por qué nunca la terminó? Las teorías son muchas: que los dos movimientos existentes eran tan perfectos que un finale habría sido un anticlimax; que la enfermedad lo interrumpió; que el estado emocional de la obra no admitía conclusión. El misterio es real y permanece abierto. Los dos movimientos que existen son tan completos en sí mismos que la pregunta sobre lo que falta se convierte en parte inseparable de la experiencia de escucharlos.

El encuentro con Beethoven

Hay relatos de que Schubert conoció a Beethoven en los meses anteriores a la muerte del mayor compositor, en la primavera de 1827. Según uno de esos relatos —cuya fiabilidad los musicólogos discuten—, Beethoven revisó algunos lieder de Schubert que alguien le había llevado y dijo: «Verdaderamente, este Schubert tiene la chispa divina.» Si el encuentro ocurrió realmente, debió ser para Schubert una experiencia de una intensidad difícil de imaginar: el joven de treinta años frente al hombre que dominaba su paisaje musical desde siempre, recibiendo un reconocimiento que nadie más le había dado en esos términos. En el entierro de Beethoven, Schubert fue uno de los portadores del féretro. Diecinueve meses después, moriría él también.

Lo que Schubert
inventó sin saberlo

Schubert no tenía la conciencia histórica de su propio lugar que sí tenían Beethoven y Brahms. Componía para el presente inmediato, para sus amigos, para las veladas del jueves. Y sin embargo sus aportaciones son de las más profundas y duraderas del siglo XIX.

01
El lied alemán en su cumbre. Schubert escribió más de 600 canciones y elevó el género a un nivel que ninguno de sus sucesores —ni Schumann, ni Brahms, ni Wolf— logró superar en términos de cantidad y consistencia. La relación entre voz y piano en sus lieder es de igualdad total: el piano no acompaña sino que coprotagoniza, comenta, contradice, lleva lo que la voz no puede decir.
02
El ciclo de canciones como forma de narrativa interior. Die schöne Müllerin y Winterreise establecieron el modelo del ciclo de lieder como viaje psicológico: no una colección de canciones sino un trayecto emocional con inicio, desarrollo y final (o no-final). Mahler, en sus sinfonías con texto, parte de este modelo.
03
Modulaciones armónicas por terceras. Schubert movía el centro tonal a distancias de tercera —de do mayor a mi♭ mayor, de la mayor a fa mayor— con una naturalidad que sus contemporáneos encontraban desconcertante. Esta práctica anticipó el lenguaje armónico de Wagner y es una de las características más identificables de su sonido. Un acorde de Schubert cambia el color de la habitación sin explicación.
04
La "celestial longitud" como principio formal. Schubert no desarrollaba sus temas en el sentido beethoveniano —tensión, crisis, resolución. Los desplegaba, los repetía con variaciones de color, los dejaba respirar. Esta manera de construir el tiempo musical influyó profundamente en Bruckner, en Mahler, y en cierta manera en el minimalismo del siglo XX.
05
El Quinteto en do como modelo de la música de cámara romántica. Con dos violonchelos en lugar del segundo violín, Schubert creó una sonoridad más oscura y más rica que ningún quinteto anterior. Brahms estudió esta obra y eligió también dos chelos para su Quinteto op. 88. El movimiento lento del Quinteto en do es el punto de referencia de la música de cámara del siglo XIX.
06
La sonata para piano tardía como forma abierta. Sus últimas tres sonatas —D. 958, 959 y 960— son estructuras que aceptan la digresión, el silencio imprevisto, el regreso sin que la música haya ido a ningún lado reconocible. Esta manera de entender la forma influiría en compositores tan distintos como Schumann, Brahms y Alfred Brendel, quien le dedicó algunos de sus ensayos más importantes.
La paradoja que lo define: Schubert es el compositor que menos consciencia tenía de su propio lugar histórico y el que más ha influido en los compositores que vinieron después. Brahms lo estudió en silencio. Mahler lo reconoció como precursor. Los intérpretes más grandes del siglo XX —Fischer, Schnabel, Brendel— pusieron a Schubert en el centro de su repertorio, por encima incluso de Beethoven. La postura fue correcta.

Por dónde
empezar con Schubert

Schubert es accesible desde el primer momento pero profundiza con cada escucha. La lista empieza por lo más inmediato y termina por lo más necesario.

01
Winterreise, D. 911
El ciclo completo, en una sola sesión, si puedes. La última canción —"Der Leiermann", el organillero— tiene ocho notas en el bajo que se repiten sin parar mientras el organillo toca una melodía que no va a ningún lado. Si eso no te afecta, escúchalo de nuevo dentro de diez años. Lo hará entonces.
D. 911 · aprox. 70-75 min
02
Quinteto en do mayor para cuerdas, D. 956
El segundo movimiento —Adagio— es la pieza de música de cámara más profunda que Schubert escribió. Empieza en mi mayor con una quietud de iglesia, se quiebra en una sección central en fa menor de una agitación sombría, y regresa a la quietud. El proceso completo dura quince minutos. Necesitarás volver a escucharlo.
D. 956 · aprox. 50 min
03
Cuarteto "La Muerte y la Doncella", D. 810
Las variaciones del segundo movimiento sobre "Der Tod und das Mädchen" son el corazón del cuarteto. Escucha primero la canción original —tres minutos— y luego el cuarteto: el contraste entre la dulzura de la melodía en su contexto original y lo que Schubert hace con ella en el cuarteto es una de las experiencias más reveladoras de su proceso creativo.
D. 810 · aprox. 37 min
04
Sinfonía n.º 9 en do mayor "La Grande", D. 944
Las llamadas de trompa del primer movimiento. La "celestial longitud" de Schumann —que no es exceso sino una forma diferente de entender el tiempo musical. El finale, que toca el ritmo de corchea-dos semicorcheas durante varios minutos hasta que el cuerpo se rinde y simplemente lo acepta. Una sinfonía que necesita espacio para respirar.
D. 944 · aprox. 55 min
05
Sonata para piano en si♭ mayor, D. 960
El trino en el grave del primer movimiento —esa nota que aparece debajo de la melodía como si viniera de debajo del suelo— es uno de los momentos más insólitos de toda la literatura pianística. El movimiento completo dura entre 20 y 25 minutos dependiendo del intérprete. Vale cada uno de esos minutos.
D. 960 · aprox. 40-45 min
06
"Der Erlkönig", D. 328
Una canción. Cuatro personajes: el narrador, el padre, el hijo, el rey de los elfos. Un caballo al galope en el piano, tresillos de la mano derecha durante cuatro minutos sin descanso. La muerte al final, en recitativo, sin drama adicional. Probablemente la canción más teatral de la historia del lied.
D. 328 · aprox. 4 min
07
Impromptus op. 90, D. 899 — especialmente el n.º 3 en sol♭ mayor
El tercer impromptu tiene una melodía que parece no tener principio ni fin —como si hubiera comenzado antes de que el pianista pusiera los dedos en el teclado y continuara después de que los levante. La mano izquierda teje un acompañamiento en arpegios que fluye sin interrupción. Cinco minutos de belleza sin grietas.
D. 899 · aprox. 30 min (los cuatro)
08
Trío para piano n.º 2 en mi♭ mayor, D. 929
El movimiento lento fue usado por Stanley Kubrick en Barry Lyndon —una elección que tiene sentido perfecto: hay algo en esa melodía que pertenece al siglo XVIII y al XIX simultáneamente, que es elegante y melancólica al mismo tiempo. El trío completo es una de las cimas de la música camerística con piano del período romántico.
D. 929 · aprox. 40 min
09
Die schöne Müllerin — "Der Müller und der Bach"
La penúltima canción del ciclo: el molinero le habla al arroyo antes de morir, y el arroyo le responde. La modulación al mayor en la respuesta del arroyo es de una ternura que ninguna descripción puede capturar. Escucha el ciclo completo si puedes; si no, escucha al menos las últimas cinco canciones en orden.
D. 795 · ciclo completo aprox. 65 min
10
"Ganymed", D. 544
Tres minutos. Un joven contempla la naturaleza y siente que el universo lo absorbe. La música hace exactamente eso: empieza en la tierra, modula hacia arriba de una manera que no tiene lógica tonal convencional pero sí una lógica emocional perfecta, y termina en una especie de éxtasis que no necesita resolverse porque ya es completo. La música más radiante que Schubert escribió.
D. 544 · aprox. 3 min