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Compositores · Romanticismo / Ópera

Giuseppe
Verdi

1813 — 1901

"La voz de Italia"

Cuando murió en 1901, multitudes espontáneas se reunieron en las calles de las ciudades italianas y comenzaron a cantar el coro "Va, pensiero" del Nabucco —el lamento de los esclavos que se había convertido, sesenta años antes, en el himno no oficial de la unificación italiana. Pocos compositores han significado tanto para un pueblo.

El hijo del posadero
que le dio voz a Italia

Giuseppe Verdi nació el 10 de octubre de 1813 en Le Roncole, una aldea del Ducado de Parma que estaba entonces bajo ocupación francesa. Su padre era posadero; su madre, hilandera. El talento musical apareció tan pronto que el organista del pueblo le cedió su puesto cuando el niño tenía diez años. Un comerciante local, Antonio Barezzi, reconoció el talento y lo financió: primero las clases, luego la solicitud al Conservatorio de Milán.

El Conservatorio de Milán lo rechazó. Tenía dieciocho años —«demasiado mayor»— y su técnica pianística fue juzgada insuficiente. Este rechazo, que habría destruido a muchos, Verdi lo convirtió en combustible. Estudió privadamente en Milán con el maestro Vincenzo Lavigna y volvió a Busseto, donde Barezzi lo sostuvo mientras aprendía. Su primera ópera, Oberto, llegó en 1839 con un éxito modesto pero suficiente para que La Scala le encargara una comedia. Esa comedia, Un giorno di regno, fue un desastre resonante ante el público milanés.

Pero antes de ese fracaso, Verdi había perdido todo lo que tenía. Su esposa Margherita Barezzi —hija de su mecenas— murió en 1840, a los veintiséis años. Sus dos hijos, Virginia e Icilio, habían muerto en los dieciocho meses anteriores. En un período de año y medio, Verdi perdió a su familia completa. Que haya tenido que estrenar una comedia en ese estado de duelo —y que la audiencia se riera no de la obra sino de él— es uno de los episodios más crueles de la historia de la ópera.

Lo salvó el empresario Bartolomeo Merelli, que le entregó el libreto del Nabucco casi a la fuerza. La leyenda dice que Verdi lo tiró sobre una mesa y que, al recogerlo, su vista cayó en las palabras "Va, pensiero"—el lamento de los hebreos cautivos por su patria perdida. El Nabucco se estrenó en La Scala el 9 de marzo de 1842 y fue un triunfo sin precedente. El público no solo ovacionó: identificó. Italia estaba bajo dominación austriaca. El coro de los esclavos era su propio coro.

Siguieron los «años de galeras», como Verdi los llamó: una producción tras otra, a veces dos óperas por año, porque los contratos lo exigían y la fama debía alimentarse. En doce años entre 1842 y 1853 escribió diecisiete óperas. El ritmo era industrial y la calidad oscilaba, pero tres obras de ese período son monumentos: Rigoletto (1851), Il trovatore (1853) y La traviata (1853). La trinidad popular. Las tres óperas que el mundo entera conoce aunque crea no conocer a Verdi.

La segunda mitad de su vida fue la de un hombre que no necesitaba demostrar nada. Se retiró a su granja Sant'Agata cerca de Busseto, cultivó la tierra con la misma seriedad con que componía, y compuso solo cuando quería. Aida (1871), el Requiem (1874), y luego el silencio. Dieciséis años sin ópera nueva. Hasta que el libretista Arrigo Boito —poeta, compositor, hombre de letras— le llevó el libreto del Otello. Verdi fingió resistencia. Comenzó a componer. El estreno en La Scala en 1887 fue recibido como la obra de ópera más grande del siglo. Él tenía setenta y tres años.

Y luego, a los setenta y nueve, Falstaff. Su única comedia madura. La última ópera que escribió. Terminó con una fuga: Tutto nel mondo è burla — todo en el mundo es broma. Murió el 27 de enero de 1901 en Milán. Los caballos que tiraban de su carruaje fúnebre iban envueltos en franela para que los cascos no hicieran ruido. La ciudad entera guardó silencio.

Verdi y el
alma de un pueblo

El Risorgimento —el movimiento de unificación italiana del siglo XIX— necesitaba un símbolo musical. Lo encontró donde menos esperaba: en el coro de esclavos hebreos de una ópera bíblica. Que el público de La Scala en 1842 escuchara en «Va, pensiero» su propio lamento colectivo no fue accidental: la letra habla de una patria perdida, de ríos lejanos, de la memoria de un hogar. Para los italianos bajo el Austria imperial, eso era literal.

El nombre de Verdi se volvió un acrónimo político: VIVA VERDI significaba en los muros de las ciudades Viva Vittorio Emanuele Re D'Italia —el rey que finalmente unificaría el país. Que el compositor se llamara así fue una coincidencia que la historia convirtió en destino. Verdi era republicano por convicción, no monárquico por elección, pero la política no siempre espera que uno elija sus símbolos.

Verdi y Wagner eran polos opuestos: Verdi creía en las voces, en la pasión humana directa, en la melodía que llega sin mediación. Wagner creía en el sistema, en la arquitectura filosófica, en la orquesta como protagonista. Se encontraron una sola vez, brevemente. No tuvieron nada que decirse.

La relación con Wagner es inevitable pero no siempre útil. Verdi lo conocía y no lo admiraba particularmente: despreciaba la música programática, desconfiaba de los leitmotifs como sistema, y creía que el compositor de ópera tenía una deuda primaria con el cantante, no con la orquesta. Sus voces —los barítonos trágicos, las sopranos que mueren jóvenes, los tenores apasionados— son instrumentos tratados con la misma exigencia física y expresiva que un gran compositor sinfónico aplica a la orquesta. La diferencia es que Verdi nunca olvidó que detrás de cada nota hay un cuerpo humano que respira.

El gesto más silencioso y más revelador de su carácter fue la Casa di Riposo per Musicisti que fundó en Milán con parte de los derechos de Otello y Falstaff: un hogar para músicos ancianos y sin recursos. Sigue funcionando hoy. "Esta es mi mejor obra," dijo de ella. No lo decía retóricamente.

Veintiocho óperas
y una vida entera

Las tres óperas populares
Rigoletto (1851)
El bufón jorobado que maldice al duque y termina siendo víctima de su propia maldición. El primer Verdi psicológicamente complejo: el protagonista es deforme, moralmente ambiguo, emocionalmente devastado. El cuarteto del Acto III —cuatro personajes, cuatro emociones simultáneas— es una de las páginas más ingeniosas de toda la ópera.
Il trovatore (1853)
La más visceralmente romántica de las tres. Una trama de identidades confundidas, amores imposibles y venganzas heredadas, con una energía vocal que no cede desde el primer compás. El «Miserere» del Acto IV y el aria «Di quella pira» exigen tenores heroicos que ya escasean.
La traviata (1853)
Violetta, la cortesana que muere de tuberculosis por amor a un hombre que no merece su sacrificio. La ópera más íntima, más directamente triste. El preludio del Acto I ya contiene el desenlace. «Addio del passato» —la despedida de la vida— es una de las arias para soprano más devastadoramente bellas del repertorio.
Las obras de madurez
Don Carlos (1867 / rev. 1884)
La más shakespeariana de sus óperas medias: política, poder, amor frustrado, fe e inquisición en la corte de Felipe II. El monólogo de Felipe —«Ella giammai m'amò»— es quizás el aria para bajo más grande jamás escrita. Existe en versión francesa (5 actos) e italiana (4 actos); la versión de Milán de 1884 es la más frecuente.
Aida (1871)
Encargada para la inauguración del Canal de Suez. Verdi la escribió sin haber visitado Egipto nunca. El espectáculo visual —elefantes, coros masivos, el «Gloria all'Egitto»— no es el Verdi real. El Verdi real está en «Ritorna vincitor!» y en el duetto final de los amantes enterrados vivos.
Simon Boccanegra (1857 / rev. 1881)
La escena del Consejo —Acto I— donde el Dux intenta en vano detener una revuelta política es uno de los momentos teatrales más inventivos de toda su obra. La revisión de 1881, con la colaboración de Boito, la transformó en una obra radicalmente diferente y superior.
Las obras maestras tardías
Otello (1887)
Shakespeare destilado en cuatro actos de una precisión dramática que ninguna ópera del siglo XIX iguala. El «Credo» de Yago es el retrato más aterrador del mal en la ópera. La muerte de Otello —«Niun mi tema»— es la única página verdaderamente insoportable de Verdi: el momento en que un hombre se da cuenta de lo que ha destruido.
Falstaff (1893)
Su única comedia madura, escrita a los setenta y nueve años. El manejo del contrapunto es técnicamente el más sofisticado de su catálogo. La fuga final —«Tutto nel mondo è burla»— es una broma filosófica sobre la vanidad de todo: Verdi riéndose de sí mismo, del mundo y de la muerte al mismo tiempo.
Música sacra
Requiem (1874)
Escrito en memoria del escritor Alessandro Manzoni. Un Requiem que es, al mismo tiempo, una ópera: los solistas actúan sus emociones, el coro tiene la potencia de una muchedumbre real, el «Dies Irae» es uno de los cuatro minutos más poderosos de la música coral. Hans von Bülow lo llamó «la ópera de Verdi en traje de iglesia». Lo decía como insulto. Hoy funciona como descripción exacta.

El hombre que
nunca se rindió

Va, pensiero y el Risorgimento

El Nabucco se estrenó en La Scala el 9 de marzo de 1842. El coro «Va, pensiero, sull'ali dorate» —los esclavos hebreos cantando su patria perdida— detonó una respuesta que las reglas austriacas no contemplaban: el público exigió una repetición. Los bis estaban prohibidos bajo las ordenanzas austriacas, que requerían llamar a la policía si el público los pedía. La policía nunca llegó, o llegó demasiado tarde, o miró hacia otro lado. El mito del bis prohibido creció con los años hasta volverse inseparable de la ópera misma. Si no ocurrió exactamente así, debió haber ocurrido. La leyenda dice más verdad que los documentos.

El fracaso de La traviata

El estreno de La traviata en La Fenice de Venecia el 6 de marzo de 1853 fue un desastre. La audiencia se rió durante la escena de la muerte de Violetta porque la soprano que interpretaba a la tísica consumida era, según los testigos, notoriamente robusta. Verdi escribió a un amigo con su ironía habitual: «Anoche — fracaso. ¿Fue culpa mía o de los cantantes? El tiempo lo dirá.» El tiempo lo dijo en dos años: La traviata se convirtió en una de las óperas más representadas del siglo XIX y sigue siendo la segunda más representada en el mundo. Verdi no necesitaba el estreno para saber que tenía razón.

Otello a los setenta y tres

Verdi llevaba dieciséis años retirado cuando Arrigo Boito le envió el libreto del Otello. Verdi respondió con cortesía fría: «El proyecto es interesante, pero soy viejo. No sé si puedo.» Entonces comenzó a componer. Cuando el estreno llegó en La Scala en febrero de 1887, la ciudad entera lo esperaba. Las palabras «cioccolata Verdi» habían sido acuñadas para los bombones que los milaneses compraban antes de la premiere. Él tenía setenta y tres años. El público lo llamó al escenario treinta y dos veces. Regresó a casa esa noche en silencio. Sabía que era la obra de su vida. También sabía que iba a hacer otra.

Falstaff a los setenta y nueve

Cuando anunció que estaba componiendo una comedia —la primera seria de su vida— nadie lo creyó del todo. Boito y él trabajaron durante años en el libreto, refinando cada línea. «Toda mi vida he escrito drama», dijo Verdi. «Quiero terminar con una carcajada.» La fuga final —«Tutto nel mondo è burla», todo en el mundo es broma— es contrapuntísticamente perfecta y filosóficamente devastadora. Un hombre de casi ochenta años cerrando su obra con una broma sobre la vanidad de todo. La broma más seria de su catálogo.

La Casa di Riposo

Con parte de los derechos de Otello y Falstaff, Verdi financió la construcción de un hogar para músicos ancianos e indigentes en Milán. La Casa di Riposo per Musicisti abrió en 1902, un año después de su muerte. Él mismo pidió ser enterrado allí, en la capilla del edificio. Los restos de Verdi y Strepponi —su compañera de vida— descansan en esa capilla, rodeados por los músicos a quienes quiso cuidar. Hoy sigue funcionando. Alberga a músicos de edad avanzada que de otro modo no tendrían dónde vivir. «Esta es mi mejor obra», dijo. La historia le dio la razón en eso también.

Lo que Verdi
le dejó a la ópera

01
El drama psicológico en la ópera italiana. Antes de Verdi, el bel canto priorizaba el lucimiento vocal sobre la verdad dramática. Verdi exigió que la música sirviera al personaje: el fraseo, el ritmo, la dinámica tenían que revelar lo que el personaje siente, no solo lo que el cantante puede hacer. Rigoletto no es un ejercicio técnico; es un padre destrozado.
02
El barítono como protagonista trágico. Antes de Verdi, los héroes de ópera eran tenores. Verdi descubrió —o inventó— el barítono trágico: Rigoletto, Macbeth, Simón Boccanegra, Yago, Falstaff. La voz intermedia, oscura y ambigua, es perfecta para los hombres que cometieron errores que no pueden deshacer.
03
La evolución continua a lo largo de cincuenta años. El Verdi de Nabucco (1842) y el Verdi de Falstaff (1893) son, técnicamente, compositores diferentes. Pocos artistas en la historia de la música han tenido la honestidad y el coraje de seguir aprendiendo y cambiando a lo largo de medio siglo de carrera activa.
04
El Requiem como drama sacro. Su Requiem demostró que la música litúrgica no tiene que ser solemne en el sentido de distante. Puede ser visceral, aterradora, tierna, humana. La tradición del requiem dramático del siglo XX —Britten, Schnittke, Pärt— tiene en Verdi uno de sus precedentes directos.
05
La identidad nacional a través de la música. Verdi demostró que la ópera podía ser un acto político —no por su tema explícito sino por su efecto emocional en una comunidad. Que «Va, pensiero» se haya convertido en un himno sin que nadie lo planeara dice algo profundo sobre cómo la música puede hablar lo que la política no puede.
Para situarlo: Wagner y Verdi nacieron el mismo año: 1813. Murieron en distintos momentos del mundo. Wagner murió en 1883, cuando la armonía todavía estaba intacta. Verdi murió en 1901, en el umbral del siglo XX. En esos dieciocho años entre las dos muertes, algo en la música cambió para siempre. Verdi lo vio llegar y siguió escribiendo melodías para voces humanas.

Por dónde
empezar

Verdi es el compositor de ópera más accesible del canon: la emoción llega directa, sin mediación filosófica ni sistema que aprender. Lo difícil no es entender a Verdi; es evitar que Verdi te cambie.

01
Rigoletto — Cuarteto del Acto III
"Bella figlia dell'amore": cuatro personajes en escena, cuatro emociones simultáneas y radicalmente distintas —el Duque cortejando, Maddalena riendo, Gilda llorando, Rigoletto planeando—, todo en una arquitectura musical que los mantiene separados y unidos al mismo tiempo. Una de las páginas más ingeniosamente construidas de toda la ópera.
1851 · aprox. 5 min el cuarteto
02
La traviata — "Addio del passato" y Preludio
El Preludio del Acto I ya contiene el desenlace: los temas de la muerte y del amor sonando al mismo tiempo, como si Verdi anunciara lo inevitable. «Addio del passato» —la despedida de Violetta a su vida pasada— es la cosa más directamente triste que escribió. Dos minutos que agotan emocionalmente.
1853 · la ópera más íntima
03
Otello — "Credo" de Yago y "Niun mi tema"
El «Credo» de Yago en el Acto II es el retrato más aterrador del mal en toda la ópera. «Credo in un Dio crudel» —creo en un Dios cruel— no es la maldad de un villano de opereta; es la filosofía de alguien que realmente creyó en ella. El «Niun mi tema» final de Otello es lo opuesto: un hombre destruido que se da cuenta de lo que destruyó.
1887 · la obra de su vida
04
Falstaff — Fuga final "Tutto nel mondo è burla"
La broma más seria del catálogo. Un hombre de casi ochenta años cerrando su vida musical con una fuga perfecta sobre el texto «todo en el mundo es broma». La ironía no es cínica: es la sabiduría de quien ha visto suficiente para reírse de todo, incluyéndose a sí mismo. El final más insólito de cualquier obra maestra de la ópera.
1893 · última ópera
05
Requiem — "Dies Irae" y "Lacrimosa"
El «Dies Irae» —cuatro minutos de terror musical que comienzan con el coro y la orquesta a máximo volumen sin advertencia— es uno de los momentos más físicamente impactantes de toda la música coral. La «Lacrimosa» que viene después es lo opuesto: el llanto más tranquilo, más desolado, más humano que Verdi escribió jamás.
1874 · in memoriam Manzoni
06
Don Carlos — Monólogo de Felipe II
«Ella giammai m'amò» —ella nunca me amó— es el monólogo de un rey que lo tiene todo y no tiene nada. Felipe II de España, el hombre más poderoso del mundo, solo en su gabinete antes del amanecer, hablando consigo mismo de la soledad del poder. La escritura para bajo-barítono es la más compleja y exigente que Verdi escribió.
1867/1884 · su ópera más política
07
Aida — "Ritorna vincitor!" y dueto final
El espectáculo del Acto II —los elefantes, el «Gloria all'Egitto»— no es el Verdi real. El Verdi real está en «Ritorna vincitor!»: Aida rezando para que vuelva victorioso el hombre que lucha contra su propio pueblo. Y en el Acto IV: los dos amantes enterrados vivos, cantando en un espacio cada vez más pequeño, hasta que la música se apaga.
1871 · encargo para el Canal de Suez
08
Nabucco — "Va, pensiero"
El coro que se convirtió en himno de una nación. No es la página más compleja ni la más innovadora que Verdi escribió, pero es la que demostró que la ópera puede hacer algo que ninguna otra forma artística puede: hablarle a un pueblo entero en un solo instante. La melodía es simple. El efecto es el de la historia misma.
1842 · el punto de partida
09
Simon Boccanegra — Escena del Consejo
El Dux de Génova intenta detener una revuelta entre patricios y plebeyos mientras su hija recién encontrada está en la sala. La escena dura veinte minutos y contiene más teatro genuino que la mayoría de las óperas completas. Es la demostración de que Verdi, cuando quería, era el dramaturgo más hábil del siglo XIX.
1881 · versión revisada con Boito