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Compositores · Romanticismo

Robert
Schumann

1810 — 1856

El poeta dividido

Vivió con dos yos: Florestan el extrovertido, Eusebius el introvertido. Los nombró, los describió, escribió música para los dos. Esa división interna, que suena a afectación romántica, resultó ser profética: terminó su vida en un sanatorio, incapaz de componer, escuchando una nota que no quería callarse.

El hijo del librero
que quería ser poeta

Robert Schumann nació el 8 de junio de 1810 en Zwickau, Sajonia, hijo de August Schumann, editor y librero que fue también novelista y traductor de Walter Scott y Byron. Esa casa llena de libros no fue un detalle menor: Schumann creció convencido de que la literatura y la música eran la misma cosa dicha en idiomas distintos, y toda su obra posterior lleva esa marca. Jean Paul Richter, el novelista alemán de fantasía y humor oscuro, fue su santo patrón literario desde la adolescencia. Cuando buscó cómo nombrar sus dos yos musicales —Florestan y Eusebius— estaba tomando prestado de Jean Paul, no de la psicología.

Estudió derecho por obligación familiar —primero en Leipzig, luego en Heidelberg— con una dedicación que él mismo describía como nula. En 1830, a los veinte años, convenció a su madre de que lo dejara abandonar la carrera jurídica para estudiar piano con Friedrich Wieck, uno de los mejores profesores de Leipzig. Vivió en casa de Wieck, se enamoró de la música, y se enamoró también —con una intensidad que fue creciendo durante años— de Clara Wieck, la hija del maestro, que era ocho años menor que él y que ya tocaba el piano mejor que cualquier adulto que él hubiera escuchado.

La lesión de la mano llegó en 1832: había construido un dispositivo mecánico para forzar el reposo de un dedo mientras los otros practicaban, con el objetivo de ganar independencia digital. El dispositivo le dañó permanentemente el dedo medio derecho. El sueño de la carrera como concertista —que ya competía con la de Clara, para su incomodidad— terminó ahí. Schumann lo canalizó todo hacia la composición y hacia el periodismo musical: en 1834 fundó la Neue Zeitschrift für Musik, que se convirtió en una de las publicaciones musicales más influyentes del siglo. Desde sus páginas descubrió a Chopin, anticipó a Brahms, defendió a Berlioz y atacó la mediocridad con una eficacia cortante.

La batalla para casarse con Clara fue larga y amarga. Friedrich Wieck se opuso con una ferocidad que hoy parece incomprensible pero que en su lógica era consistente: él había construido a Clara, la había formado desde los cinco años, y veía en Schumann a un hombre de futuro incierto que podía destruir la carrera de su prodigio. El caso llegó a los tribunales. Wieck perdió. Robert y Clara se casaron el 12 de septiembre de 1840, el día antes del cumpleaños de ella. Ese año —el «año de las canciones»— Schumann compuso más de ciento treinta Lieder, incluyendo los ciclos Dichterliebe y Frauenliebe und -leben. La euforia creativa siguió en 1841 con dos sinfonías, y en 1842 con la música de cámara. Era como si el largo bloqueo previo a la boda hubiera represado una energía que ahora salía con presión acumulada.

Los años que siguieron combinaron la felicidad de la vida familiar —tuvieron ocho hijos— con una dificultad creciente. Schumann no era buen director: la orquesta de Düsseldorf, que dirigió desde 1850, lo encontraba impreciso y difícil de seguir. Su humor se volvió más oscuro, los períodos de silencio más largos, la escritura —que había sido tan torrencial— más esporádica. El 27 de febrero de 1854, sin abrigo, sin zapatos, en pleno invierno, salió de la casa familiar en Düsseldorf y caminó hasta el puente del Rin. Se arrojó al agua. Los marineros lo rescataron. Él mismo pidió que lo internaran en el sanatorio de Endenich, cerca de Bonn. Sabía lo que estaba ocurriendo. No quería hacerle daño a nadie. Murió en Endenich el 29 de julio de 1856, sin haber recuperado la capacidad de componer. Tenía cuarenta y seis años.

Los Davidsbündler
contra los filisteos

La Neue Zeitschrift für Musik que Schumann fundó en 1834 no era una publicación académica sino un manifiesto disfrazado de revista. Schumann tenía una visión clara del campo de batalla musical de su época: por un lado estaban los artistas auténticos, los que tomaban riesgos, los que hacían avanzar el arte; por el otro estaban los "filisteos", la mediocridad satisfecha de sí misma que llenaba los teatros y los salones con música vacía y aplaudida. Para representar este conflicto creó una sociedad imaginaria: los Davidsbündler, la Liga de David, que —como el rey bíblico contra los filisteos— libraban la batalla del buen gusto.

Los dos portavoces principales de la Liga eran Florestan y Eusebius: el primero apasionado, impulsivo, extrovertido; el segundo contemplativo, lírico, introvertido. Ambos eran Schumann. Ambos firmaban las reseñas. Ambos aparecen como personajes en su música de piano. No era un juego intelectual sino una fenomenología de cómo él experimentaba la creatividad: como una conversación entre dos partes de sí mismo que no siempre estaban de acuerdo.

A los veinte años, reseñando las variaciones de Chopin sobre «Là ci darem la mano» de Don Giovanni, escribió: «¡Sombreros, caballeros —un genio!» Era la crítica musical como revelación, como primer encuentro cara a cara con algo que cambia lo que uno creía posible.

La tensión entre la carrera de compositora y pianista de Clara y la de compositor de Robert es uno de los temas más delicados de su historia común. Clara era la artista reconocida: tocaba ante miles de personas, ganaba dinero, era admirada en toda Europa. Robert era el marido de Clara Schumann, el compositor que algunos consideraban prometedor. Él tenía sentimientos complicados al respecto —lo dice en su diario, lo insinúa en cartas— y al mismo tiempo la amaba con una lealtad que sobrevivió todo, incluyendo los años más oscuros. Cuando lo internaron en Endenich, los médicos le aconsejaron a Clara que no lo visitara: temían que los encuentros empeoraran su estado. Ella esperó hasta el final. Lo visitó por última vez dos días antes de su muerte, cuando ya no podía hablar.

Florestan y Eusebius
en el mismo pentagrama

La obra de Schumann está marcada por períodos de concentración en un solo género: 1840 fue el año de las canciones; 1841 el de las sinfonías; 1842 el de la música de cámara. Esta concentración no es caprichosa sino resultado de cómo funcionaba su creatividad: por explosiones, por temporadas de efusión seguidas de silencio. El corpus resultante es desigual —sus sinfonías tienen problemas de orquestación que los directores modernos conocen bien— pero en su mejor momento, que es frecuente, es absolutamente inconfundible.

Piano solo
Carnaval, op. 9 (1834–35)
Veintiuna piezas breves basadas en cuatro notas que en alemán deletrean el nombre de una ciudad checa —A-S-C-H— donde vivía la novia de ese momento. Los personajes del carnaval desfilan: Florestan, Eusebius, Chiarina (Clara), Chopin, Paganini. Termina con una "Marcha de los Davidsbündler contra los Filisteos" de una energía desbordante.
Kinderszenen, op. 15 (1838)
Trece miniaturas de memoria de infancia, escritas desde la perspectiva adulta mirando hacia atrás. No música infantil —música sobre la infancia. "Träumerei", la séptima, es probablemente la pieza para piano más reconocible que escribió y también una de las más fáciles de malinterpretar: su simplicidad es deliberada y perfecta, no ingenua.
Kreisleriana, op. 16 (1838)
Ocho fantasías inspiradas en el músico ficticio Kreisler de las novelas de E.T.A. Hoffmann. Florestan y Eusebius en conversación directa: los movimientos impares son salvajes y veloces; los pares son lentos y contemplativos. Brahms la amaba por encima de todo lo que Schumann escribió para piano.
Fantasie en do mayor, op. 17 (1836–38)
Una carta de amor a Clara codificada en música. El primer movimiento cita el ciclo de canciones An die ferne Geliebte de Beethoven —"A la amada lejana"— en su momento más tierno. Es la obra más grande y ambiciosa de su catálogo pianístico: veinte minutos en un solo arco emocional.
Canciones (Lieder)
Dichterliebe, op. 48 (1840)
Dieciséis canciones sobre poemas de Heinrich Heine: el amor en mayo, la traición, el olvido imposible, el sarcasmo amargo. El ciclo más importante del género después de los de Schubert y el más psicológicamente complejo. El piano no acompaña —comenta, ironiza, recuerda lo que la voz ya no puede decir.
Liederkreis, op. 39 (Eichendorff, 1840)
Doce canciones sobre poemas de Eichendorff. "Mondnacht" —noche de luna, el alma en vuelo— es una de las canciones más hermosas escritas en cualquier idioma. El ciclo completo es un paisaje nocturno del alma romántica alemana.
Frauenliebe und -leben, op. 42 (1840)
Ocho canciones sobre el amor de una mujer desde el primer encuentro hasta la viudez. Las interpretaciones feministas contemporáneas son legítimas; la música es extraordinaria. El postludio del piano al final —que retoma el tema del primer encuentro— es uno de los finales más devastadores del ciclo liederístico.
Música Orquestal y de Cámara
Concierto para piano en la menor, op. 54 (1841–45)
El único concierto para piano completo que terminó, y uno de los más amados del repertorio. Comenzó como fantasía para piano y orquesta en un solo movimiento; añadió los otros dos movimientos cuatro años después. El resultado tiene la cohesión de algo que siempre estuvo planeado así.
Quinteto con piano en mi bemol mayor, op. 44 (1842)
Su obra de cámara más importante y probablemente la más perfectamente lograda de toda su producción. El segundo movimiento —una marcha fúnebre que no es sombría sino majestuosa— es extraordinario. Brahms lo estudió y no lo olvidó nunca.
4 Sinfonías (1841–51)
La n.º 1 "Primavera" tiene una energía de despertar que pocos primeros movimientos sinfonales igualan. La n.º 2 en do mayor es su más optimista. La n.º 3 "Renana" tiene un cuarto movimiento que imita la polifonía de una catedral gótica. La n.º 4 es la más oscura e integrada formalmente. Los directores modernos suelen revisar la orquestación; Mahler hizo su propia versión.
Concierto para violonchelo en la menor, op. 129 (1850)
Tres movimientos encadenados sin pausa: el modelo de concierto continuo que Liszt también exploró. El movimiento lento tiene una intimidad de lied orquestal que pocos conciertos para chelo igualan.

El genio descubierto
y el río que no pudo callarlo

«¡Sombreros, caballeros — un genio!»

En 1831, el Schumann de veinte años publicó en el Allgemeine musikalische Zeitung una reseña de las variaciones para piano de Chopin sobre «Là ci darem la mano» de Don Giovanni. La reseña comenzaba con una escena imaginaria en que los Davidsbündler descubrían las variaciones y reaccionaban con asombro creciente. La frase final —«¡Sombreros, caballeros, un genio!»— lanzó la reputación de Chopin en el mundo de habla alemana y estableció la de Schumann como crítico en un solo golpe. Chopin lo agradeció tímidamente. Nunca fueron amigos cercanos; se admiraban de lejos, desde sus respectivos mundos de salón.

El dispositivo y la mano perdida

Schumann quería ser el mejor pianista posible y la lesión de Clara —que practicaba seis horas diarias desde los cinco años— era un estándar que él no podía alcanzar con métodos convencionales. Inventó un dispositivo mecánico que mantenía el dedo medio en reposo mientras los otros cuatro practicaban de manera independiente. Lo usó durante semanas. El resultado fue la parálisis permanente del dedo: los tendones nunca se recuperaron. La carrera de concertista terminó ahí, antes de haber comenzado realmente. Algunos biógrafos sugieren que esto fue, paradójicamente, lo mejor que le pudo pasar: liberado de la necesidad de competir como intérprete, se convirtió en compositor.

El año de las canciones

En 1840, el año en que finalmente pudo casarse con Clara después de la batalla legal con Friedrich Wieck, Schumann compuso más de ciento treinta canciones. Incluyendo la Dichterliebe, el Liederkreis op. 39 con los poemas de Eichendorff, el Liederkreis op. 24 con Heine, y Frauenliebe und -leben. Todo eso en un año. Los biógrafos hablan de estados maníacos —períodos de productividad extraordinaria alternados con hundimientos. La evidencia en este caso es la música misma: esa cantidad, esa densidad, esa variedad en doce meses es difícil de explicar desde un estado de ánimo ordinario.

El puente sobre el Rin

El 27 de febrero de 1854, Schumann salió de la casa familiar en Düsseldorf sin abrigo, sin zapatos, en el frío del invierno alemán. Caminó hasta el puente sobre el Rin y saltó. Los marineros de un bote que pasaba lo rescataron. Cuando volvió a casa, pidió él mismo que lo llevaran al sanatorio de Endenich: sabía lo que estaba ocurriendo, entendía que era un peligro para sí mismo y posiblemente para otros, y eligió la contención. Esa lucidez en el momento del colapso es uno de los detalles más conmovedores de su historia.

Brahms en Endenich

Brahms tenía veintiún años cuando conoció a Schumann, pocas semanas antes del colapso. Schumann escribió sobre él en la Neue Zeitschrift con la misma certeza visionaria con que había escrito sobre Chopin veinte años antes. Cuando Schumann fue internado, Brahms permaneció en Düsseldorf para apoyar a Clara. Visitó Endenich en algunas ocasiones. Clara, por consejo de los médicos, no fue a ver a Robert hasta los días finales. Si eso fue lo correcto —si la decisión médica era acertada, si ella debería haber desafiado ese consejo— sigue siendo una de las preguntas sin respuesta de esa historia.

Lo que Schumann
dejó encendido

La influencia de Schumann opera de maneras que no siempre llevan su nombre. El ciclo de canciones moderno —el lied psicológicamente complejo, donde la voz y el piano son coiguales— es en gran parte su invención. La crítica musical como género literario le debe tanto como se le debe a Berlioz. Y su descubrimiento de compositores como Chopin y Brahms tuvo consecuencias que todavía se sienten.

01
El ciclo de miniaturas para piano. Las obras de piano de Schumann —Carnaval, Kinderszenen, Kreisleriana, Davidsbündlertänze— establecieron el ciclo de piezas breves interrelacionadas como uno de los géneros centrales del piano romántico. No son colecciones de piezas sueltas sino estructuras con coherencia temática, emocional y a veces narrativa.
02
La Dichterliebe como modelo del ciclo psicológico de canciones. El lied no como pieza de salón sino como drama interior: la voz y el piano en diálogo complejo, donde el piano comenta y recuerda lo que la voz dice y lo que no puede decir. Ese modelo —estudiado por Hugo Wolf, por Mahler, por Britten, por Schoenberg— viene directamente de Schumann.
03
La crítica musical como literatura. Sus escritos en la Neue Zeitschrift transformaron la manera en que se escribe sobre música: con personajes ficticios, con escenas imaginadas, con intuición poética y rigor analítico mezclados. El estándar que estableció para la crítica musical es tan alto que pocos lo han igualado.
04
El descubrimiento de Chopin y Brahms. Su reseña de Chopin en 1831 lanzó la reputación del pianista polaco en Alemania. Su ensayo "Neue Bahnen" de 1853 lanzó la de Brahms en el mundo entero. Nadie más en la historia de la crítica musical puede reclamar haber descubierto a dos compositores de esa talla.
05
El enfoque literario-poético de la música. La idea de que la música instrumentaL puede tener personajes, argumentos emocionales, referencias literarias implícitas sin convertirse en música programática explícita —esa idea que Brahms llevaría mucho más lejos— tiene en Schumann uno de sus formuladores centrales.
06
El Concierto para piano en la menor como modelo de integración formal: el diálogo continuo entre solista y orquesta, sin los momentos de exhibición vacía del modelo anterior, fue un paso crucial hacia el concierto moderno. Brahms lo estudió para sus dos conciertos para piano.
El legado más extraño: Schumann fue profético sobre su propio destino. La dualidad Florestan-Eusebius —que empezó como juego literario— terminó siendo el diagnóstico de algo que no tenía nombre entonces y que hoy llamaríamos trastorno bipolar. Su música lo dijo antes de que él mismo lo supiera del todo.

Por dónde
empezar

Schumann tiene una obra de acceso más difícil que Chopin o Liszt, no porque sea más compleja sino porque exige una escucha activa que no siempre recompensa en la primera vez. La entrada más natural es por las canciones o por las miniaturas para piano: desde ahí, todo lo demás tiene sentido.

01
Dichterliebe, op. 48 — ciclo completo
Empieza aquí. Dieciséis canciones sobre poemas de Heine, cuarenta minutos de amor, traición e ironía amarga. "Im wunderschönen Monat Mai" abre con una pregunta armónica suspendida —el tono de la canción nunca se resuelve— y el ciclo termina con el piano solo, sin voz, recordando lo que la voz ya no puede decir. Escúchalo con partitura o con los poemas a mano.
op. 48 · aprox. 40 min
02
Kinderszenen, op. 15 — especialmente "Träumerei"
Trece miniaturas de memoria adulta mirando hacia la infancia. "Träumerei" (n.º 7) es la más conocida y también la más fácil de escuchar mal: su sencillez es el resultado de un trabajo que la ha despojado de todo lo innecesario. Escúchala lenta, en una buena grabación, con atención a lo que el piano hace después de la melodía principal.
op. 15 · aprox. 17 min
03
Kreisleriana, op. 16
Florestan y Eusebius en conversación directa: los movimientos impares son salvajes, vertiginosos, casi violentos; los pares son de una lentitud meditativa. La alternancia crea una tensión que no se resuelve nunca del todo. Brahms la prefería a todo lo demás que Schumann escribió para piano y tenía razón.
op. 16 · aprox. 30 min
04
Concierto para piano en la menor, op. 54
El primer movimiento tiene un largo diálogo entre el piano y la orquesta donde los dos parecen buscarse mutuamente sin encontrarse del todo —hasta que en la recapitulación se encuentran por fin. El finale tiene un impulso rítmico de una energía completamente diferente. Uno de los grandes conciertos románticos.
op. 54 · aprox. 30 min
05
Fantasie en do mayor, op. 17
El primer movimiento es una carta de amor a Clara en código musical: la cita del ciclo de Beethoven "An die ferne Geliebte" aparece en el momento más quieto, como una revelación privada en medio de un texto público. El movimiento dura veinte minutos y sostiene la tensión emocional de principio a fin.
op. 17 · aprox. 32 min
06
Quinteto con piano en mi bemol mayor, op. 44
Su obra de cámara maestra. El segundo movimiento —una marcha fúnebre que no es triste sino solemne— lleva una melodía que sube y no parece querer bajar nunca. El finale tiene un contrapunto que Brahms habría firmado con orgullo. Si solo puedes escuchar una obra de cámara de Schumann, que sea esta.
op. 44 · aprox. 30 min
07
Liederkreis, op. 39 (Eichendorff) — "Mondnacht"
El ciclo completo dura veinte minutos. La n.º 5 —"Mondnacht", noche de luna— es una de las canciones más hermosas escritas en cualquier idioma: el piano abre con una armonía que parece existir fuera del tiempo, y la voz entra como si el alma de verdad estuviera levantando el vuelo. Escúchala solo, con audífonos, de noche si puedes.
op. 39 · aprox. 20 min
08
Sinfonía n.º 2 en do mayor
La más optimista de las cuatro, escrita en 1845-46 durante una depresión severa —el contraste entre el estado interior y la música exterior es desconcertante. El finale es un acto de voluntad: la alegría construida a pulso después de un largo descenso. Schumann dijo que escribirla lo había salvado.
op. 61 · aprox. 40 min
09
Carnaval, op. 9
Una galería de personajes del carnaval: Pierrot, Arlequín, Chiarina (Clara), Chopin, Paganini, Florestan y Eusebius. Termina con la "Marcha de los Davidsbündler contra los Filisteos": Schumann en su modo más combativo y más festivo al mismo tiempo. Una obra que muestra la dimensión pública y literaria de su mundo interior.
op. 9 · aprox. 30 min