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Compositores · Romanticismo

Johannes
Brahms

1833 — 1897

El guardián de la forma

En una era de revoluciones sonoras y manifiestos artísticos, Brahms eligió la resistencia. No la resistencia del reaccionario, sino la del artesano que sabe que las formas antiguas todavía tienen algo que decir.

Un hombre hecho
de madera y silencio

Johannes Brahms nació el 7 de mayo de 1833 en Hamburgo, en una familia de pocos recursos. Su padre, Johann Jakob, era contrabajista —un hombre que se había abierto paso a fuerza de voluntad desde los pueblos del norte de Alemania hasta la orquesta municipal de una de las ciudades más importantes del continente. Esa voluntad, ese gusto por la forma y la disciplina del trabajo, le pasaría al hijo. La madre, Christiane, era diecisiete años mayor que su esposo, una mujer tranquila y devota que le enseñó al pequeño Johannes el valor de la paciencia. Crecer con poco enseña cosas que el dinero no puede comprar.

La adolescencia de Brahms tiene una sombra que él nunca logró borrar del todo. Para ayudar a la familia, el joven pianista —talentoso desde los siete años, discípulo del respetado Eduard Marxsen— tocaba por las noches en los Animierlokale del puerto de Hamburgo: los locales de entretenimiento del distrito portuario donde los marineros bebían, apostaban y buscaban compañía. Brahms tenía trece, catorce, quince años. Tocaba para que hombres mayores bebieran más y gastaran más. Lo que vio en esas noches —la soledad del cuerpo, la brutalidad de la necesidad, la distancia entre el deseo y el afecto— dejó una huella permanente en su carácter: la reserva casi feroz, la dificultad para abrirse, esa mezcla de ternura y rudeza que sus amigos y enemigos comentarían toda la vida.

En 1853, todo cambió. El violinista Joseph Joachim escuchó a Brahms y lo presentó a Franz Liszt en Weimar. La reunión con Liszt fue educada pero fría —Brahms, incómodo en esa corte de virtuosos brillantes y música programática, habría caído dormido mientras el gran pianista tocaba, lo cual no fue exactamente un buen comienzo. Pero Joachim también lo llevó a Düsseldorf, donde vivían Robert y Clara Schumann. Esa visita sí fue una revelación mutua. Robert, que ya mostraba signos de la enfermedad mental que lo consumiría, quedó tan impresionado que escribió en la Neue Zeitschrift für Musik el ensayo «Neue Bahnen» —Nuevos Caminos— declarando al joven desconocido de veinte años el genio que el mundo estaba esperando, el músico que expresaría el espíritu de la época. Para un chico del puerto de Hamburgo, aquello debió sentirse como un relámpago.

Pero el regalo de Schumann traía una condena implícita. Las expectativas eran descomunales, y Brahms las sintió como un peso durante décadas. Robert se deterioró rápidamente. En febrero de 1854 intentó arrojarse al Rin; fue internado en el sanatorio de Endenich, donde murió dos años después. Brahms, que tenía veinte años, se instaló en Düsseldorf para ayudar a Clara, que estaba sola con siete hijos. Lo que surgió entre ellos —un amor profundo, sostenido durante cuarenta y tres años, nunca plenamente declarado ni consumado— es uno de los vínculos más enigmáticos de la historia musical. Se escribieron centenares de cartas. Brahms destruyó las suyas poco antes de morir. Lo que quedó habla de una intimidad extraordinaria, de una dependencia emocional mutua que ninguno de los dos supo o quiso convertir en algo más concreto. Quizás el amor era más perfecto así: como una promesa perpetuamente aplazada.

Los años siguientes fueron de una productividad intensa y también de una herida que nunca cicatrizó: la Filarmónica de Hamburgo, su ciudad natal, le negó el puesto de director que él deseaba en 1862. Le dieron el puesto a alguien menor. Brahms nunca lo olvidó. Cuando años después la Filarmónica trató de enmendar el agravio, él rechazó el ofrecimiento. Se mudó a Viena, que se convertiría en su hogar definitivo desde 1863, y donde fue tratado como lo que era: el pilar de la vida musical de una de las capitales culturales del mundo. Allí compuso sus grandes obras, tuvo amistades profundas y también solitudes enormes. Rompió su compromiso con Agathe von Siebold, a quien amaba, porque no quería atarse. Luego se arrepintió. Murió sin haberse casado jamás, sin hijos, en el apartamento de un hombre que eligió la música como compañía más confiable que las personas. Clara Schumann murió el 20 de mayo de 1896. Brahms, ya enfermo de cáncer, viajó a Frankfurt pero llegó después del entierro. Se quedó de pie ante la tumba bajo la lluvia. Diez meses después, el 3 de abril de 1897, murió también él. Quienes lo conocían dijeron que había muerto de tristeza.

La guerra
que no tuvo batallas

El siglo XIX musical fue un campo de batalla ideológico. Por un lado estaban Richard Wagner y Franz Liszt, quienes creían que la música debía unirse con la literatura y las artes visuales para crear algo nuevo y total: el Gesamtkunstwerk, la obra de arte total. Wagner escribía óperas colosales que intentaban absorber toda la experiencia humana. Liszt inventaba el poema sinfónico —música que narraba historias, pintaba paisajes, describía personajes. La armonía se estiraba hacia la cromaticidad extrema. La forma clásica, tan perfecta para Haydn y Mozart, se convertía en una camisa de fuerza que había que romper.

Por el otro lado estaba el crítico Eduard Hanslick, defensor fanático de la «música absoluta» —música que no necesitaba argumentos literarios ni programas narrativos para existir y conmover. Y junto a Hanslick, con mucha más elegancia y mucho más talento, estaba Brahms. No porque Brahms fuera el portavoz de un movimiento —era demasiado inteligente para ser portavoz de nada— sino porque genuinamente creía que la sinfonía, el cuarteto de cuerdas, la sonata, tenían todavía cosas que decir. Que Beethoven no había agotado las posibilidades de la forma; al contrario, las había abierto. Que había que profundizar, no escapar.

«Brahms es el único capaz de crear grandes formas en nuestro tiempo», dijo Clara Schumann. El bando wagneriano respondió llamándolo reaccionario. Ambos tenían razón en lo que decían y estaban equivocados en lo que creían.

La paradoja de Brahms es que fue llamado conservador por sus contemporáneos y luego fue reivindicado por los modernistas más radicales del siglo XX. Arnold Schoenberg, el padre de la música dodecafónica, escribió un ensayo entero sobre Brahms titulado «Brahms el progresivo». Lo que parecía conservadurismo —la fidelidad a la forma, el trabajo riguroso con los motivos, la complejidad contrapuntística— resultó ser una innovación de orden diferente al de Wagner: no en el lenguaje armónico, sino en los procesos de desarrollo y transformación del material musical.

Brahms nunca escribió una ópera, nunca compuso música programática seria, nunca se unió a ningún manifiesto. Su amistad con Joachim sufrió una herida grave en 1880 cuando él escribió una carta en defensa de la esposa de Joachim, acusada de infidelidad. Joachim se lo tomó como una traición, y la amistad casi no sobrevivió. Brahms lo lamentó profundamente. Era un hombre que valoraba la lealtad y que, paradójicamente, no siempre sabía cómo ejercerla sin herir. La crisis tonal que sus contemporáneos vivían con angustia o con euforia, él la navegó sin perder el rumbo: la tonalidad podía expandirse, tensionarse, oscurecerse, pero no necesitaba disolverse para ser honesta.

Cuatro sinfonías
y un universo entero

La obra de Brahms no es extensa si la comparamos con la de sus contemporáneos. Fue un compositor de una exigencia despiadada consigo mismo: destruyó decenas de obras antes de publicarlas. Lo que sobrevivió es, sin excepción, de una calidad extraordinaria. No hay relleno en Brahms. No hay páginas de transición que esperar. Cada compás justifica su existencia.

Sinfonías
Sinfonía n.º 1 en do menor, op. 68
La sinfonía que tardó veintiún años en terminarse y que Hans von Bülow llamó, al escucharla, «la Décima de Beethoven». El apodo enfureció a Brahms, pero algo de verdad tenía: es una obra de una gravedad beethoveniana, con un último movimiento donde una llamada de trompa desde las alturas responde al drama del primer movimiento con una serenidad ganada a pulso. Una de las obras orquestales más importantes del siglo XIX.
Sinfonía n.º 2 en re mayor, op. 73
La más luminosa de las cuatro, compuesta con una velocidad inusual en él durante el verano de 1877. Es su sinfonía «pastoral»: el campo, la luz del norte, la melancolía tranquila de quien ha aprendido a estar contento con poco. El segundo movimiento tiene una belleza que casi duele por lo sencilla que parece.
Sinfonía n.º 3 en fa mayor, op. 90
La más enigmática. Abre con un motto de tres notas —fa–la♭–fa— que Brahms utilizaba para representar su lema personal: Frei aber froh (Libre pero feliz). El tercer movimiento es uno de los más hermosos y misteriosos que escribió, una canción de cuna sin letra para una melancolía sin nombre.
Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98
Su última sinfonía y, para muchos, su obra maestra absoluta. El cuarto movimiento es una passacaglia —una forma barroca de variaciones sobre un bajo continuo— de una severidad y una belleza que no pertenecen del todo al siglo XIX. Es música que mira hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Un testamento.
Conciertos
Concierto para piano n.º 1 en re menor, op. 15
Una obra tormentosa que comenzó como sinfonía y terminó siendo concierto. El estreno en Leipzig fue un fracaso ruidoso. Hoy se sabe que su escala casi sinfónica y su profundidad emocional simplemente necesitaban tiempo para ser comprendidas.
Concierto para piano n.º 2 en si♭ mayor, op. 83
Un coloso de cuatro movimientos donde el piano y la orquesta son verdaderos iguales. El movimiento lento tiene un solo de violonchelo de una intimidad extraordinaria. Uno de los conciertos para piano más grandes jamás escritos.
Concierto para violín en re mayor, op. 77
Escrito para y con Joachim, quien ayudó a resolver los pasajes técnicos. Hans von Bülow lo llamó «un concierto contra el violín». Hoy comparte con el de Beethoven el trono del repertorio violinístico.
Doble concierto en la menor, op. 102
Para violín y violonchelo —un gesto de reconciliación hacia Joachim, con quien había vuelto a la amistad. El único concierto doble de Brahms, y una obra de madurez esencial.
Música de cámara

El catálogo camerístico de Brahms es, probablemente, el más rico después del de Beethoven. Los dos sextetos para cuerdas, el Quinteto con piano en fa menor (op. 34), los cuartetos y quintetos de cuerdas, las sonatas para violín y para violonchelo: todo ello forma un corpus de una consistencia asombrosa. En el último período de su vida, el encuentro con el clarinetista Richard Mühlfeld lo llevó a componer las cuatro obras para clarinete que se encuentran entre las cumbres absolutas de la música de cámara: el Quinteto en si menor (op. 115) y las dos Sonatas (op. 120).

Piano solo

Los primeros trabajos —las sonatas, las rapsodias— son música de un joven que quiere demostrar que sabe todo. Las obras tardías para piano solo son exactamente lo contrario. Los Intermezzi de los opp. 116 al 119 son meditaciones breves, íntimas, escritas por un hombre viejo que se despide del mundo sin aspavientos. El Intermezzo en mi menor (op. 119 n.º 2) dura dos minutos y contiene una honestidad que pocas piezas más largas alcanzan. Las Danzas Húngaras, que comenzaron como arreglos de melodías folclóricas y terminaron siendo obras de enorme popularidad, muestran otro lado: el placer puro, la vitalidad rítmica, el Brahms que también sabe reír.

Música vocal y coral
Ein Deutsches Requiem, op. 45
Su obra choral maestra y, para muchos, su obra más personal. Utiliza textos de la Biblia alemana elegidos por él mismo —no la liturgia latina del Requiem católico— y está escrito no para los muertos sino para los vivos. Para los que quedan. Para el consuelo humano ante la pérdida. No hay fuego del infierno aquí, ni juicio final: hay ternura, grandeza, y el séptimo movimiento, añadido más tarde, que habla de los bienaventurados que mueren en el Señor con una serenidad que no es resignación sino aceptación.
Alto-Rapsodia, op. 53
Texto de Goethe sobre la soledad absoluta, sobre el hombre que se ha alejado del mundo y no sabe cómo volver. Brahms la llamó en sus cartas «un poema de bodas de soltero», refiriéndose al casamiento de la hija de Clara. Diez minutos de una intensidad emocional contenida que revela todo lo que Brahms no decía en público.
Más de 200 Lieder
Un catálogo enorme que incluye algunas de las canciones más amadas del repertorio alemán. Las Canciones de cuna que toda madre ha cantado, los ciclos con textos de Magelone y Schiller, las canciones de su último período donde comprime un mundo en tres minutos.

El hombre detrás
de la barba

El joven en el puerto

Brahms tenía trece años cuando comenzó a tocar piano de noche en los locales del puerto de Hamburgo. Más tarde, cuando era famoso y le preguntaban por esa época, cambiaba de tema con incomodidad o la despachaba con una frase cortante. Pero quienes lo conocieron bien —Clara, Joachim, algunos biógrafos que pudieron hablar con sus contemporáneos— notaron que algo de esas noches vivía en él: una cierta aspereza que coexistía con la ternura, una desconfianza del sentimentalismo barato que él había visto instrumentalizado demasiado de cerca. La música de Brahms nunca llora fácil. Cuando llora, es porque no puede evitarlo.

La profecía de Schumann

Cuando Robert Schumann publicó «Neue Bahnen» en octubre de 1853, declarando al desconocido Brahms de veinte años el músico destinado a «expresar el espíritu de la época en la forma más elevada», estaba haciendo el gesto más generoso y más complicado que un maestro puede hacer por un discípulo. Brahms quedó atrapado. ¿Cómo se crece con ese peso? Durante años fue cuidadoso hasta la parálisis, destruyendo más de lo que publicaba, retrasando obras que no consideraba perfectas. Su Primera Sinfonía tardó más de dos décadas porque la sombra de Beethoven, amplificada por la profecía de Schumann, hacía que cada intento pareciera insuficiente. Cuando por fin la estrenó, en 1876, tenía cuarenta y tres años.

Veintiún años para una sinfonía

La historia de la Primera Sinfonía es la historia de un hombre luchando con su propio estándar. Brahms comenzó a trabajar en ella alrededor de 1855 y la estrenó en noviembre de 1876. Cuando Von Bülow la llamó «la Décima Sinfonía de Beethoven», Brahms respondió con irritación: «Cualquier asno puede verlo». Pero en sus cartas privadas hay algo que se parece a un alivio enorme, casi al orgullo. Había demostrado que la forma podía sobrevivir, que había algo más que decir dentro de ella. La llamada de trompa del último movimiento —ese gesto amplio y solitario que suena desde las alturas antes de que comience el gran tema— es uno de los momentos más emocionantes de todo el repertorio orquestal.

La carta que casi destruye una amistad

Joseph Joachim era el mejor amigo de Brahms. Habían crecido juntos en la música, se necesitaban, se admiraban. Cuando en 1880 Joachim acusó a su esposa Amalia de una supuesta infidelidad y comenzó los trámites de divorcio, Brahms cometió el error de intervenir. Escribió una carta —a Amalia, a Joachim, o a ambos, los biógrafos no se ponen de acuerdo en los detalles— en la que la defendía. Joachim lo vivió como una traición imperdonable. La amistad casi no sobrevivió. Tardaron años en reconciliarse, y la reconciliación llegó, sorprendentemente, a través de la música: el Doble Concierto, que Brahms escribió pensando en la posibilidad de que Joachim lo tocara. Brahms dijo luego que la carta había sido uno de los mayores errores de su vida.

El retiro que no fue

En 1890, a los cincuenta y siete años, Brahms anunció que había terminado de componer. Tenía cuatro sinfonías, dos conciertos para piano, un concierto para violín, el Doble Concierto, la música de cámara, los Lieder, el Réquiem. Era suficiente. Más que suficiente. Entonces fue a un concierto en Meiningen y escuchó tocar al clarinetista Richard Mühlfeld, y eso fue todo. El retiro se esfumó. En los dos años siguientes escribió el Trío para clarinete (op. 114), el Quinteto para clarinete (op. 115) y, en 1894, las dos Sonatas para clarinete. Son obras de una madurez otoñal que ninguno de sus trabajos anteriores alcanza de la misma manera. Como si la vejez le hubiera dado permiso para decir lo que antes había tenido que callar.

La última despedida

Clara Schumann murió el 20 de mayo de 1896, a los setenta y seis años. Brahms, que estaba enfermo de cáncer de hígado aunque no lo sabía del todo, tomó el primer tren hacia Frankfurt. Llegó tarde al entierro, empapado de lluvia, y se quedó solo ante la tumba. Sus amigos dijeron que envejeció diez años en esa semana. La persona que más había amado en su vida —de la manera complicada, aplazada, honesta que él sabía amar— ya no estaba. Brahms murió diez meses después, el 3 de abril de 1897. En sus últimas semanas, sus vecinos lo veían a veces de noche, sentado en el oscuro del apartamento, sin encender las velas, en silencio.

Lo que Brahms
le dio al siglo XX

La ironía mayor de la carrera de Brahms es que el hombre a quien sus contemporáneos llamaron conservador terminó siendo el compositor más influyente en la música «nueva» del siglo XX. No Wagner, sino Brahms, fue el padre de la modernidad camerística y contrapuntística. Arnold Schoenberg lo dijo con todas sus letras, y no era un hombre dado a la generosidad gratuita.

01
La variación en desarrollo (entwickelnde Variation, el término lo acuñó Schoenberg). Brahms no repite sus motivos: los transforma constantemente, los desarrolla, los hace evolucionar. Cada aparición de un tema es también una modificación. Esto hace su música densa, necesariamente activa para el oyente, pero también le otorga una cohesión orgánica que ninguna cantidad de melodías pegajosas puede igualar.
02
Contrapunto romántico. Brahms estudió a Palestrina, a Bach, al barroco, y lo integró en su lenguaje armónico del siglo XIX sin que resultara académico ni rígido. Sus texturas tienen una independencia de voces que pocos compositores de su tiempo podían igualar. Las fugas de Ein Deutsches Requiem son tan emocionantes como sus melodías más líricas.
03
Complejidad rítmica radical. Las hemiolias, los 3 contra 2, los desplazamientos de acento que hacen que la música de Brahms parezca flotar sobre el tiempo sin anclarse en él —todo eso era extraordinariamente avanzado para su época y señalaba hacia el siglo XX con una claridad que sus contemporáneos no supieron leer.
04
La rehabilitación de la música absoluta. En un momento en que la corriente dominante exigía que la música tuviera un argumento extra-musical, Brahms demostró que la forma podía ser emocionante en sí misma, que la sinfonía y el cuarteto podían conmover sin necesitar una historia que contar.
05
Ein Deutsches Requiem como nuevo modelo coral. Humanista, no litúrgico, escrito en la lengua de la gente y no en latín eclesiástico: abrió un camino que seguirían Britten, Fauré en su propio Requiem, y muchos compositores del siglo XX que querían hacer música sacra sin el andamiaje de la liturgia institucional.
06
Las obras tardías para clarinete señalaron una dirección para la escritura camerística del siglo XX: economía de medios, profundidad sin grandilocuencia, colores instrumentales que el siglo XIX apenas había explorado fuera de la orquesta.
07
Rescate del repertorio histórico. Brahms fue uno de los primeros grandes compositores del siglo XIX con conciencia musicológica. Editó y difundió obras de Schubert, Handel y Bach cuando eran prácticamente desconocidas para el gran público. Entendía que la música no se construye desde cero, sino desde lo que existe.
08
Influencia directa en la Segunda Escuela de Viena. Schoenberg, Webern y Berg estudiaron a Brahms con la misma seriedad con que estudiaron a Bach. El concepto de variación en desarrollo que Brahms perfeccionó se convirtió en una de las piedras fundacionales de la composición serial del siglo XX.
Para resumirlo: Brahms demostró que la tradición no es una prisión sino un instrumento. Que respetar las formas del pasado no significa repetirlas sino habitarlas con honestidad, tensarlas desde dentro, y dejar que revelen cosas nuevas.

Por dónde
empezar

Brahms no es un compositor de fácil acceso inmediato —su música pide escucha activa, pide que el oyente vaya con él— pero una vez que hace contacto, no suelta. Esta lista está ordenada para quien llega sin saber nada y quiere saber todo.

01
Sinfonía n.º 1 en do menor
El punto de partida obligatorio. Escucha el último movimiento: la introducción lenta con la llamada de trompa desde las montañas, el coral que responde, y luego el gran tema —pura dignidad en sonido. Veintiún años de trabajo concentrados en quince minutos de música.
op. 68 · aprox. 45 min
02
Concierto para piano n.º 2 en si♭ mayor
Cuatro movimientos masivos donde el piano y la orquesta son iguales en peso e importancia. El segundo movimiento —Allegro appassionato— es una tormenta de energía sin rival. El tercero, uno de los momentos más bellos y tranquilos que Brahms escribió. Escúchalo completo: cada movimiento cambia todo lo que vino antes.
op. 83 · aprox. 50 min
03
Ein Deutsches Requiem
Su obra coral maestra. No es música litúrgica sino música humana: el consuelo para los que quedan. El cuarto movimiento —«Wie lieblich sind deine Wohnungen»— es de una belleza que no se explica, solo se escucha. El séptimo, añadido después, cierra con una serenidad que pocas obras de cualquier forma alcanzan.
op. 45 · aprox. 70 min
04
Quinteto con piano en fa menor
La obra de cámara definitiva. Brahms lo reescribió varias veces —primero como cuarteto, luego como sonata para dos pianos, finalmente en esta forma—, y en su versión final es devastador. El tercer movimiento tiene una agitación que no cede nunca. Empieza este y ya no puedes no seguir escuchando Brahms.
op. 34 · aprox. 40 min
05
Quinteto de clarinete en si menor
El testamento musical. Escrito tarde en la vida, mirando hacia atrás con agradecimiento y sin amargura. El primer movimiento tiene una melancolía que no termina nunca, sino que se transforma lentamente en algo parecido a la aceptación. Pocas obras musicales envejecen mejor que esta.
op. 115 · aprox. 30 min
06
Cuatro piezas para piano, op. 119
Las últimas páginas para piano solo. El Intermezzo en mi menor (n.º 2) es quizás la cosa más triste que Brahms escribió: dos minutos de absoluta honestidad, sin ornamento, sin pose. Puedes escucharlas todas en veinte minutos. Necesitarás más tiempo para terminar de procesarlas.
op. 119 · aprox. 20 min
07
Concierto para violín en re mayor
Con Joachim, a quien está dedicado. El movimiento lento —Adagio— comienza con el oboe solo en una de las melodías más puras del repertorio romántico. Hans von Bülow lo llamó «un concierto contra el violín». Hoy comparte con el de Beethoven el trono del género.
op. 77 · aprox. 40 min
08
Sinfonía n.º 4 en mi menor
La más perfecta de las cuatro. El cuarto movimiento es una chacona —forma barroca— de treinta variaciones sobre un bajo continuo que Brahms tomó de Bach. Forma del siglo XVII, lenguaje del siglo XIX, resultado atemporal. Si solo puedes escuchar un movimiento sinfónico de Brahms, escucha este.
op. 98 · aprox. 40 min
09
Danzas Húngaras (versión orquestal)
El lado festivo y desenfadado de Brahms. Comenzaron como arreglos de melodías folclóricas para piano a cuatro manos, y en su versión orquestal cobran una vida enorme. La n.º 5 es la más conocida —casi un cliché—, pero escucha también la n.º 1 y la n.º 6. Aquí Brahms simplemente se divierte.
WoO 1 · selección de 20-25 min
10
Alto-Rapsodia
Para contralto, coro masculino y orquesta. Un fragmento de Goethe sobre la soledad del hombre que se ha alejado del mundo. Brahms la escribió cuando la hija de Clara se casó —llamó al manuscrito «un poema de bodas de soltero». Si hay una obra que resume el alma de Brahms en diez minutos, es esta. El momento en que el coro entra sobre la voz sola es de los más conmovedores de todo el catálogo romántico.
op. 53 · aprox. 12 min